De nuestros profesores

Agustín Gómez Arcos  

Por Raúl Quirós (profesor de LFDH)



 Con la llegada de la Transición, algunos autores españoles sufrieron un doble olvido: el que ya habían padecido bajo la censura franquista y el que padecerían a manos de las nuevas instituciones democráticas que no encontraban en sus obras de ficción el zeitgeist o con el que se quería barnizar la nueva cultura española. Ferlosio daba buena cuenta de esa actitud paternalista y bobalicona de los sucesivos ministerios de cultura en un artículo en El País del año 84, con un título preclaro: “La cultura, ese invento del Gobierno”.

  Autores como Ángel María de Lera, Concha Alós o Miguel Salabert desaparecieron rápidamente de los catálogos y de la discusión literaria. Algunos de ellos, sin embargo, encontraron el prestigio merecido migrando de país y de lengua. Es lo que ocurrió Agustín Gómez Arcos.

  Considerado en Francia uno de los escritores en francés más exitosos del siglo XX, Agustín Gómez Arcos comenzó escribiendo teatro en España y pronto se alinearía con las tesis comprometidas de autores como Sastre. Su trabajo fue reconocido por varios premios de teatro (Calderón de la Barca, Lope de Vega) pero fue censurado en los estrenos y, en muchas ocasiones, torpedeado por los ministerios franquistas. Cansado de la imposibilidad de trabajar en España, decide exiliarse a Londres y posteriormente, en París, donde residirá definitivamente y donde abandonará el español por el francés como lengua literaria.

  Sin embargo, la obra de Gómez Arcos no abandonó España ni su historia reciente y en cada una de sus novelas se describe un país abandonado y desolado por el hambre, la posguerra y la dictadura, pero donde se halla la joya de la infancia, su hermano queridísimo, una Almería inocente. En Francia publica El cordero carnívoro, El niño pan, Ana no, Un hombre arrodillado, Un pájaro quemado vivo; novelas que vuelven siempre al mismo topos: el hambre, la corrupción, la pobreza, la homosexualidad. Desde la primera novela publicada en Francia recibe toda clase de reconocimientos hasta lograr el grado de Oficial de la Orden de las Artes y las Letras en Francia y ser finalista dos veces del premio Goncourt. Muere en 1998 y es enterrado en París, lejos de Enix, el pueblo de Almería donde nació en 1933.

  A partir del año 2006, la Editorial Cabaret Voltaire comienza a trabajar en una nueva traducción de sus obras junto a Adoración Elvira Rodríguez, de los que recomendamos Ana no, María República y Escena de caza furtiva.

Conte de Nadal

Per Josep Amorós (professor de LFDH)

Del meu llibre Més Cròniques de Macondo (Editorial Autografia, juliol de 2023). I que Charles Dickens em perdoni.


  Cada nit de Nadal, Gabriel Grub caminava cap al cementiri amb l’aixada i un fanal, per enllestir l’última tomba. A diferència d’altres cops, els carrers eren deserts, sense colles alegres de canalla, sense joves i grans amb les presses de les compres. A les finestres no s’hi veien llums, ni li arribaven les aromes dels brous de festa ni sentia les rialles i cançons. Aquest any no calien xarampions ni escarlatines, aftes o distenta. Grub somreia taciturn i agafava ben fort l’aixada tot sabent que un únic mal havia espantat tothom dels carrers i que, finalment, podria beure sol i no haver de decidir ser bo.

  El rei dels follets l’esperava, assegut al caire d’una làpida, bellugant les cames com si fes punteria per deixar-li anar unes puntades. Els cortesans, com sempre, corrien en fila i saltaven les tombes emblanquinades de rosada, els sepulcres i capelles, amb riallades esbojarrades que celebraven les moltes ànimes que havien arribat enguany. Se’l mirà de fit a fit i l’interpel·là, sorneguer:

- Qui gosa celebrar la nit de Nadal?

- Gabriel Grub, Gabriel Grub! —respongué el cor de follets.

  No feu cas i baixà a la tomba, i la trobà enllestida. Amb sorpresa, mirà amunt i veié la cara enriolada del follet just un instant abans que una palada de terra el deixés sense visió.

- Qui la gosa celebrar i morirà per atrevit?

- Gabriel Grub, Gabriel Grub!

Charles Dickens

  

Por Paula Cifuentes (profesora y fundadora de LFDH)

Ilustración original de John Leach de 1843.



“I cannot tell what the dickens his name is ….”

(“No podría decir cuál demonios es su nombre”…), William Shakespeare.

 

 

  El futuro escritor Charles Dickens nació en el seno de una familia de clase media que pronto se vio abocada a la pobreza por un padre poco mirado con el dinero. Con ambos progenitores en prisión, el niño de doce años tuvo que empeñar sus libros y ponerse a trabajar en un taller de zapatos infestado de ratas donde estuvo tres años hasta que pudo regresar al colegio. 

  En el seno de esa adolescencia atroz, se forjaría el escritor que años más tarde sería: un hombre preocupado por transmitir lo que hasta entonces no se había visto sobre el papel impreso: los ambientes de pobreza y la importancia de los niños en una sociedad que los dejaba al margen.

   Oliver Twist, Grandes Esperanzas…, los nombres de sus novelas forman parte del ideario común. Pero si un título ha pasado a la historia es el de Cuento de Navidad.

Corre el siglo XIX y Gran Bretaña se ha convertido en un país lleno de contrastes. La revolución industrial y la colonización lo han convertido en la nación más importante del mundo; pero al mismo tiempo, la pobreza, la insolidaridad y la muerte lo infectan todo. Una nueva clase media empieza a surgir en este caldo: gente que aspira a trabajar y poder mantener a su familia –sin tener que robar ni vivir de las rentas–, pero que al mismo tiempo, populariza un concepto hasta entonces insospechado: el de vacaciones.

  La reina Victoria y su marido, Albert, habían popularizado también la decoración de Navidad, con el árbol presidiendo todas las reuniones familiares.

  Y con estos mimbres, la historia de Dickens pronto catapultó a su autor a la fama. Tanto es así que sus editores comenzaron a imprimir copias de Cuento de Navidad sin liquidar los preceptivos derechos de autor a Dickens, quien había pagado de su propio bolsillo, la primera edición del libro para poder sacar adelante a su mujer, embarazada de su quinto hijo.

  Dickens murió de una apoplejía a los cincuenta y ocho años, en 1870. Tras de sí, dejaba diez hijos, quince novelas e innumerables artículos, cuentos y ensayos. Y una navidad, ya para siempre, marcada, en el imaginario popular, por los tres fantasmas: el del pasado, el del presente y el del futuro.

 

El Cozy mistery, el confort llega al misterio


Por Cristina Ruíz (profesora de LFDH)

  En los últimos tiempos han sido muchas las novelas del denominado cozy mystery que se han colado en los primeros puestos de ventas. Misterios amables, al estilo de Agatha Christie, pero con un toque actual y desenfadado, arrasan entre los aficionados al género. La serie de El club del crimen de los jueves, de Richard Osman, Asesinato entre libros, de Kate Carlisle, o Unas Galletas de muerte, de Joanne Flike, son algunos ejemplos de esta tendencia en alza.

  Se trata de un subgénero de la literatura de misterio que se caracteriza principalmente por: 

Ambiente agradable y acogedor: Estas novelas suelen desarrollarse en entornos pintorescos y tranquilos, como pueblos pequeños, comunidades rurales o lugares turísticos. El escenario es a menudo un lugar donde todos se conocen y la vida cotidiana es apacible.

Protagonista amateur: En contraste con los detectives profesionales de otras novelas de misterio, quien protagoniza estas historias suele ser una persona (o personas) común y corriente, a menudo un aficionado que se ve envuelto en la resolución del misterio de alguna manera.

Asesinato o delito intrigante: A pesar de su ambiente apacible, siempre presenta un asesinato o delito intrigante que necesita ser resuelto. Este evento desencadenante suele ser el centro de la trama.

Enfoque en las relaciones personales: La narrativa se centra en las relaciones interpersonales de los personajes, sus vidas cotidianas y sus conexiones con otros miembros de la comunidad. Esto ayuda a crear un ambiente cálido y humano.

Humor ligero: A menudo incorporan elementos de humor ligero, ya sea a través de diálogos ingeniosos o situaciones cómicas. Este humor suaviza la seriedad del crimen y lo hace más agradable para el lector.

Violencia y contenido gráfico limitados: A diferencia de otros subgéneros de misterio, tienden a evitar la violencia gráfica y los detalles perturbadores. Las descripciones explícitas de violencia y gore son escasas o inexistentes.

Resolución positiva: En la mayoría de los casos, tiene una resolución positiva, donde el asesino o el culpable es identificado y llevado ante la justicia. El orden y la armonía se restauran en la comunidad.

Series o colecciones: Muchos se presentan en forma de series o colecciones de libros, con el mismo protagonista y entorno, lo que permite a los lectores seguir las aventuras de los personajes a lo largo del tiempo.

Elementos temáticos o profesionales: Algunos incorporan temas o profesiones específicos, como la jardinería, la cocina, la artesanía o la escritura. Estos temas suelen ser una parte integral de la trama.

Pistas y rompecabezas lógicos: A pesar del ambiente acogedor, presentan pistas y rompecabezas que desafían la lógica del lector y lo invitan a resolver el misterio junto con el protagonista.

  En resumen, el cozy mystery proporciona a los lectores una experiencia de lectura agradable y reconfortante en el mundo del misterio y la resolución de crímenes.


Jorge  Ibargüengoitia: 

Un placer literario para los días

 de verano


Por Natalia Fernández Díaz-Cabal
(profesora de La Forja de Historias)


Estamos en plena canícula. Y nos preguntamos qué lecturas nos pueden acompañar, sin caer en las trampas de las novelas históricas, o negras, o de algún otro género en boga. Por eso sugiero iniciarse en la literatura de Jorge Ibargüengoitia, llena de inteligencia, humor y perfecto dominio literario.

  Ibargüengoitia fue un autor mexicano, nacido en 1928 en Guanajuato. Huérfano de padre muy pronto, su madre se trasladó a Ciudad de México para asegurar la supervivencia de ambos. Se crió rodeado de mujeres: su madre y sus tías. Empezó a estudiar ingeniería por presión familiar y al poco la abandonó. Acabó estudiando Filosofía y Letras, con especial mención en arte dramático, lo que le permitió iniciarse como dramaturgo. De hecho, bajo pseudónimo gana el Premio Ciudad de México con la obra “La conspiración vendida”. A tal obra la antecedió “Pájaro en mano” o “El peluquero del rey”. Luego vinieron más: “La fuga de Nicanor”, “Rigoberto entre las ranas” …  Dejó de escribir después del desengaño que supuso que la autora Elena Poniatowska no lo mencionara entre los mejores dramaturgos del momento (corrían los años 60 del siglo XX). Cambió la dramaturgia por la crítica teatral. Pero la dureza contra algunos autores endiosados le valió la inquina de sus colegas y del público. Abandonó por completo todo lo relacionado con el teatro.

  Para solaz de quienes somos sus lectores incursionó en la ficción. Así llegaron “Los relámpagos de agosto”, hilarante, irreverente, deliciosamente deslumbrante; y “Las muertas”, una historia igualmente desternillante sobre unas asesinas en serie. Valen la pena de nuestros días de canícula sus libros de relatos “Maten al león” o “Estas ruinas que ves”.

  Ibargüengoitia fallece en un accidente de avión de la compañía de Avianca, a punto de aterrizar en Madrid-Barajas, el 27 de noviembre de 1983. El vuelo procedía de Frankfurt, de su Feria del Libro, tras la cual varios autores latinoamericanos se disponían a asistir al Primer Encuentro de Cultura Hispanoamericana en Bogotá, ideado por García Márquez. Junto a Ibargüengoitia fallecían también el autor uruguayo Ángel Rama; su esposa, la brillante Marta Traba y el antropólogo y escritor peruano Manuel Scorza.

También hay críticas que envejecen mal, muy mal

 

 Por Constanza Ternicier  (profesora de La Forja de Historias)

 

   Se suele decir que hay escritores que envejecen mal, ya sea porque escribieron demasiado sujetos a sus circunstancias, al zeitgeist dominante, o bien, porque siguieron una moda pasajera sin dejarla pasar por el cedazo de su propia subjetividad ni el vuelo poético de su pluma. Y, entonces, la contracara natural de tal problemática reduccionista que impidió a algunos aproximarse a lo que hemos dado en llamar “la condición humana”, nos enfrenta a modo de reverso con un juicio literario que no gozó precisamente de una mirada visionaria. En la compilación Ojo crítico lanzada en 1990, su compilador, el gran Constantino Bértolo, reúne algunas de las peores críticas a los mejores autores de todos los tiempos en una suerte de “antología del error”. Y es increíble observar cómo algunas de esas críticas ni siquiera provienen únicamente del establishment de quienes se ubican en las confortables gradas de la lectura encargada de asignar valor, sino que también muchas de ellas provienen de los mismos escritores con quienes algún malogrado día nuestros grandes autores convivieron dentro de un campo literario mezquino y, por qué no decirlo, bastante canalla. Y es que, como acusa Bértolo, ser crítico tiene de glorias y miserias: “La miseria que supone el no acertar, la gloria que conlleva el atreverse a fallar”.

 

Así, nos encontramos con un Zola que en 1953 lanzó la siguiente clarividencia: “Dentro de cien años, los libros de historia de la literatura francesa solo mencionarán esta obra como una curiosidad”. Hemos de resistir también notables adjetivos, como el de “turiferario a sueldo, vendido y envilecido” que el ensayista argentino Ezequiel Martínez Estrada atribuye a Borges. No se perdonan por cierto las falacias sexistas como las que la revista reaccionaria The British Critic, esa que se opuso con uñas y dientes contra los pensadores de la Revolución Francesa, coronó a autoras como Mary Shelley: “Aunque nuestra autora puede olvidar la dulzura de su sexo, nosotros no tenemos porqué hacer lo mismo; y, por lo tanto, descartamos la novela sin más comentarios”. O cuando el Atlantic Monthtley, que existe hasta el día de hoy, castiga a Emily Dickinson por “desafiar las leyes de la gravedad y de la gramática” (como si no se tratara también de eso la poesía). Y si nos vamos más atrás a través de los siglos, nos encontramos con joyitas como un Aristófanes increpando a Eurípides como “un “antólogo de lugares comunes…inventor de granujas de cartón”. O si arribamos a estas latitudes, tras realizar un nuevo salto en el tiempo, nos encontramos con un Pío Baroja que en 1917 llama a Flaubert, a propósito de su Madame Bovary, “un animal de pata pesada” sin poder evitar el comentario xenófobo cuando explica su fastidio por causa del origen normando de su par francés. Y si se trata de atacar a sus connacionales, ahí tenemos a Clarín refiriéndose a las “ya conocidas dificultades por avistar los abismos del alma donde germina la genuina vegetación del arte” de una Emilia Pardo Bazán. 

 

  Mención aparte merecen aquellas desacertadas cartas de editores que rechazaron las obras que hoy forman parte de nuestro canon, como la que le enviara Marc Humboldt a Proust con irónica cortesía a fin de declinar la publicación de En busca del tiempo perdido: “Mi querido amigo, quizá debo estar muerto de cuello para arriba, pero por más que me devaneo los sesos no acierto a ver por qué alguien necesita treinta páginas para describir cuántas vueltas da en la cama antes de dormir”. Agreguemos también el adultocentrismo de los medios americanos a través de uno de los primeros comentarios sobre El guardián entre el centeno de Salinger, a cargo de Anne Goodman, quien nos demuestra que esa incapacidad de separar al autor de sus personajes no es nada nuevo: “el lector se cansa de [su] explicitud, repetición y adolescencia, exactamente como uno se cansaría del propio Holden”. Y si de lectores que buscan personas simpáticas y adorables en sus lecturas se trata, no podemos dejar atrás el comentario que J.D. Adams le brinda a Céline en el New York Times Book Review a propósito de Viaje al fin de la noche: “No conlleva en sí mismo una adecuada compensación por la agresión y el maltrato de espíritu que produce su lectura: no hay efecto purificante después de tanto disgusto. Si es vida, mejor es no vivir”. Coronemos esta breve síntesis de torpezas estilísticas con la acusación de hermetismo, que nunca puede faltar en estos juegos, y con la que H.C. Harwood del Saturday Review of Literature acusa a Virginia Woolf y su novela Al faro: “Esta música de cámara, esta ficción de vestidor, está ejecutada detrás de ventanas demasiado cerradas… El libro es poco brillante”.

 

  Para concluir, no pueden faltar las rencillas entre poetas. Y para eso, remontémonos a mi tierra. Pese al amor que una le pueda tener a un autor como De Rokha, no deja de dar escalofríos cuando se refiere a Nicanor Parra como “un pingajo del zapato de Vallejo”. ¡Nadie se queda atrás a la hora de recibir tan loables adjetivos caídos en desuso! 

 


Voces narrativas 

  Por Natalia Fernández Díaz-Cabal 

(profesora de La Forja de Historias)

 

    

   Nada hay más complicado que las personas narrativas. Nos exigen ángulo de visión, la distancia precisa y el conocimiento de las situaciones, los ambientes y quienes viven las primeras y se mueven por los segundos. 

   Un ejercicio recomendable para el dominio de esa tarea ingente es la narración utilizando, además de las voces narrativas más comunes (la primera singular con sus posibilidades y la tercera singular con sus múltiples variables), las que lo son menos, a saber: la segunda persona (ya sea en singular, ya sea en plural) y la primera del plural (esa especie de “nosotros mayestático” tan inclusivo y de fronteras tan diluidas que no sabes del todo quién está aludido y dónde terminan sus fronteras). Tanto la segunda como la primera persona plural dan una resonancia especial a nuestros escritos. Es como si un coro sonara dentro del lector. No se trata de sostener esas voces narrativas en un relato largo (aunque son muy eficaces en poesía), pero sí de ponerlas en un momento dado de nuestro texto, de manera justificada y dosificada. 

   Lo ideal es escribir un texto en una persona que nos sintamos cómodos (primera, tercera) y luego tratar de “convertirlo” a una de esas voces narrativas menos frecuentes. Es posible que, ese cambio de ángulo, de ritmo y de tono, nos obligue a cambiar el texto inicial: no pasa nada. Es una consecuencia natural en ese proceso. 

¿Qué tienen en común Shakira y Francisco de Quevedo? 

 

 Por Cristina Ruíz Gallardo (profesora de La Forja de Historias)

 

   A primera vista podríamos decir que nada, pero, hace pocas semanas, la cantante colombiana publicó una canción que los ha unido de la forma más inesperada. ¿Quieres saber por qué? 

   La ya archiconocida canción Sesión #53 de BZRP contiene un gran número de figuras retóricas, pero hay una que destaca por encima de las demás. ¿Adivináis ya de qué os hablo? Sí, exacto: claramente y salpique. Esta figura que consiste en dividir una palabra en uno o incluso más vocablos con significado propio, aunque con el mismo sonido, se denomina Calambur

   ¿Y esto qué tiene que ver con Francisco de Quevedo? 

   Este famoso escritor español compuso uno de los calambures más famosos de todos los tiempos. La reina Isabel de Borbón padecía de cojera y no soportaba que nadie le hiciera referencia a ello. Quevedo y sus amigos se apostaron una cena a que el escritor no era capaz de llamarla coja a la cara. Pero el ingenioso escritor consiguió ganar la apuesta y que la reina no se molestara, ya que no se dio cuenta de que estaba siendo insultada. De forma magistral utilizó un ingenioso calambur para llevar a cabo su acción. Se presentó frente a la reina con dos flores, una rosa y un clavel y le dedicó este verso: “Entre el clavel y la rosa, su majestad escoja”. 

   Así Quevedo introdujo dentro de ese “escoja” un “es coja”, diciéndole lo que ella no permitía que nadie le dijera. 

   Shakira ha hecho como el famoso poeta y ha incluido dos palabras comunes para lograr su propósito, dentro de las que hay dos nombres propios gracias al Calambur: “salpique; sal Pique” y “claramente: Clara mente”. 

   Queda demostrado que los juegos lingüísticos y retóricos siguen estando en plena forma. 

   ¿Quieres conocer más figuras retóricas y aprender a utilizarlas? Vente a nuestro curso de Inicio a la Poesía y descubrirás que claramente escribir versos es mucho más que rimar palabras bonitas. 

Belén López Peiró (Buenos Aires, 1992)

 

 

Por Constanza Ternicier  (profesora de La Forja de Historias)

   Como dice Cristina Rivera Garza en el libro donde reconstruye, a base de una excavación geológica, el feminicidio de su hermana Liliana, la del verano invencible, “uno nunca está más inerme que cuando no tiene lenguaje”. Y qué bueno seguir la pista de autoras como la argentina Belén López Peiró mientras recuperan la palabra para dar voz a aquello que sí puede nombrarse: una historia de abuso en medio de la aparente seguridad del seno familiar. ¿Cómo volver coral una experiencia tan arraigada al fondo de lo abyecto del asco corporal? En Por qué volvías cada verano, publicado en 2018 por Madreselva y traído a España el 2020 gracias a Las afueras, López Peiró logra hacer literatura desde lo más íntimo y, tal vez por lo mismo, aquello que urge inscribir dentro de infinitas resonancias colectivas. Y lo hace sin verse tentada por ninguna ambigüedad ni eufemismo para nombrar las implicancias del abuso sexual. Lo hace friccionando su propia denuncia y los recuerdos del tío que la abusó entre sus 13 y 17 años; con la reconstrucción de un grito redivivo contra quienes estuvieron allí tan cerca e incluso contra sí misma; con los peritajes psicológicos; con el testimonio de los familiares que rodearon el hecho, y los informes judiciales asociados a ello. Lo hace incluso situándose hipotéticamene en el lugar del victimario. El texto ha cruzado hacia el terreno de la dramaturgia y, tras haber ganado por unanimidad el concurso Narrativas a Escena 2023, será llevado a un contexto catalán por la directora Andrea Segura en una muestra que podrá verse en la segunda versión del festival Kilómetro Amèrica, organizado por Casa Amèrica Catalunya y la Red de Bibliotecas de Barcelona, los días 17 y 18 de junio. 

 

   Belén López Peiró, periodista de profesión, continúa escarbando en los vericuetos judiciales, burocráticos y afectivos de su reclamo en una nueva crónica publicada por Lumen en 2021: Donde no hago pie. Nuestra autora se inscribe en estas escrituras autorreferenciales que desde lo biográfico iluminan las zonas de la imaginación. Y para todos quienes denigran estas propuestas, especialmente cuando el gesto proviene de una mujer, como si se tratara de una moda inaudita nunca antes vista, como si esto no tuviera que ver con la literatura, como si no hubiera tantas otras tras el espejo; Belén López Peiró escribe en septiembre del año pasado un artículo para la Revista de la Universidad de México donde defiende el atrevimiento y el valor literario de narrar lo íntimo. Y no se trata de ser valiente y vencer el miedo, sino más bien de escribir con el miedo por delante y muy de frente. Porque nuestra frontera sigue siendo siempre el cuerpo: “Aunque te rasguñes, aunque te lastimes, aunque te prendas fuego, siempre vas a estar adentro de este cuerpo. Así que mejor te sacás los guantes y te bajás del ring”.

 

   Hoy, ya cerrado el expediente y con el agresor preso, Belén López Peiró prepara una próxima novela donde nos traerá otros mundos posibles que estamos ansiosas por descubrir.



B.Traven

 

 Por Natalia Fernández Díaz-Cabal (profesora de La Forja de Historias)

  Casi todos sentimos una cierta curiosidad por la biografía de aquellos autores que amamos. Pero a veces la vida de los autores resultan ser trampantojos que al final fascinan tanto como su propia literatura.

  El autor de “El tesoro de Sierra Madre” es uno de los grandes enigmas de la literatura de siglo XX. Aunque se le conoce como “B. Traven”, no se sabe si la “B” es de Bruno o de Bernhard. Pero eso es lo de menos, porque tampoco sabemos si Traven era apellido real o impostado. Se baraja que pudiera ser Torsvan, Marut o Croves.

  Tampoco se sabe si nació en Alemania (como sostienen la mayoría de voces expertas) o en Chicago. Y no queda claro si fue en 1882 o 1890. Ni siquiera hay certezas sobre su oficio real, ni sobre las circunstancias en que llega a México, su país de acogida y donde fallece en 1969. Su viuda guardó con gran celo todos los secretos biográficos acumulados en la larga vida de Traven.

  Sea como sea, le debemos un libro esplendoroso como es “El tesoro de Sierra Madre”, que John Huston llevó al cine. Y una obra fuera de serie: “La nave de los muertos”, en que una persona se ve despojada de su identidad tras varios periplos burocráticos tan áridos como absurdos. Imprescindible.

Cómo mejorar la relación con las palabras

 

 Por Natalia Fernández Díaz-Cabal (profesora de La Forja de Historias)

  Uno de los temas que preocupa a los alumnos de escritura es el del vocabulario (y el vocabulario arrastra consigo el estilo, el ritmo, la eficacia narrativa…). De más está decir que la manera de adquirirlo es la práctica: conversaciones que obliguen a ejercitar el pensamiento y la persuasión y, sobre todo, lecturas que vayan afianzando nuestro dominio lingüístico. Nadie puede discutir que, para escribir bien, tenemos que mantener una magnífica relación con las palabras, para llevarlas donde nosotros queremos y no donde nos empujen ellas.

  Por todo lo descrito un buen ejercicio es el de “jugar” a los sinónimos a partir de una o varias frases (y no solo sinónimos, sino variaciones estilísticas análogas) hasta que vayamos sintiendo que manejamos las opciones con soltura. Tomemos como ejemplo:
 
  “En la pequeña casa de la montaña, desde donde se veía el bosque, sucedió todo aquella pésima mañana”

  Planteemos la variable 1:

   “En aquella diminuta casa de la colina, a cuyos pies se desplegaba el bosque, aconteció todo aquella aciaga mañana”

  En este caso hemos privilegiado cambiar unos adjetivos muy comunes por otros menos comunes (pues si buscamos un resultado excepcional hemos de optar por el uso de elementos excepcionales).

  Y ahora vayamos a la variable 2:

  “La espesura que se desplegaba a los pies de la exigua casa de la loma fue testigo de todo cuanto aconteció aquella mañana funesta”

  De nuevo aquí se propone un cambio de adjetivación, pero también otro de orden sintáctico (cambiamos las estructuras, su orden) y nos permite introducir la personificación del bosque (que está omitido, apenas sugerido por la palabra “espesura”) al convertirlo en una parte de la acción (ser testimonio, estar allí en el momento de los hechos).

  Y, por último, la variable 3:

  “Allí, en esa casa ínfima, aterida en los duros inviernos de la montaña y con una espesura boscosa rodeándola desde el fondo del valle, aquella mañana aciaga se desencadenó todo, cumpliendo viejos presagios”

  En este caso nos adentramos más en la perfilación del texto: añadimos adverbios (allí), ponemos algún rasgo a la casa que anticipe un poco lo que va a suceder (aterida en los duros inviernos…), añadimos más riqueza descriptiva al bosque, lo situamos en un escenario y por último hablamos de “todo lo que sucedió” matizándolo (con los presagios).

  Cada proceso de escritura es un universo en sí mismo. Las posibilidades que ofrece son tan infinitas como permitamos a nuestra imaginación actuar y a nuestro despliegue lingüístico acompañarla. ¿Te animas a hacer la prueba?

Esperanza

 

 Por Cristina Ruíz Gallardo (profesora de La Forja de Historias)

CGN, delegación española, lunes, 15 de diciembre, 9:00

   Galatea llegó a la oficina el lunes por la mañana saboreando un delicioso caffe latte macciatto con doble de nata, caramelo y canela. Repartiendo “hola, buenos días, ¿no hace un día precioso?” a diestro y siniestro, llegó a su mesa.

–¿Y ese buen humor tan intenso? –le preguntó su compañera Dido-. Por si no lo recuerdas empieza la semana antes de Navidad, así que vamos a estar hasta arriba de trabajo.

–¿Y hay algún trabajo más importante que el nuestro?

–Estás enferma, lo sabes, ¿verdad? –. Galatea sonrió divertida y le dio un buen sorbo a su bebida–. Por cierto, el jefe quiere verte.

–Pues allá voy.

   Sacó la agenda del primer cajón de su mesa, cogió un bolígrafo y el vaso de café, y se encaminó al despacho de su jefe.

–Bueno días, Galatea, siéntate, por favor. Tengo un caso muy importante para ti, un código rojo que ha sido detectado este fin de semana.

–¿Tan mal está?

–Muy mal. Por desgracia la salud emocional de los seres humanos es cada vez peor y las fiestas navideñas los empujan un poco más al abismo.

–Es una lástima que no puedan sentir el verdadero espíritu de la Navidad–apuntó Galatea con tristeza.

–Por desgracia hace ya mucho tiempo que el espíritu de la Navidad lo fagocitó El Corte Inglés y en lugar de ser la época más hermosa del año, llena de alegría y de amor, de bondad, es, para la mayor parte de gente, una bacanal de consumismo e hipocresía, una pantomima sin sentido de la que están deseando escapar –respondió Melchor contrariado–. Por eso necesito que te encargues de este caso, porque el sujeto empieza a barajar poner fin a su vida durante las fiestas. Aquí tienes su expediente, con el informe completo que ha hecho saltar la alarma. Prioridad absoluta, deja todo lo que estés haciendo y ponte con este caso ya.

–Por supuesto.

–Ah, y toma, tu autorización de acceso.

–¿Nivel 5? – dijo Galatea, tomándola en sus manos sin poder dar crédito.

–Sí, nivel 5, creo que la vas a necesitar. Pongo en tu mano todos los recursos mágicos, úsalos sabiamente.

–No le defraudaré, señor.

   Galatea salió del despacho y voló a su mesa. Abrió la carpeta que contenía el expediente y se puso a leer la ficha.

*Antonio. Varón de 57 años.
*Divorciado. Abandonado por su mujer hace dos años. Sin hijos.
*Desempleado. Perdió su empleo hace un año en diciembre.
*Vive con su madre en la modesta vivienda de esta. Sin perspectivas laborales.
*Desesperanza absoluta.

   La situación no podía ser más descorazonadora, pero, más allá de lo obvio, tenía que encontrar el verdadero motivo por el que había perdido las ganas de vivir. Para ello necesitaba hacer un estudio de campo.

   Bajó en el ascensor a la planta -3 del Cuartel General de Asuntos Navideños, y se encaminó a la zona de las cabinas de transporte, unas pequeñas estancias diseñadas para que los agentes pudieran trasladarse allí donde necesitaran en cuestión de segundos. Accedió a una de ellas con su identificación. La estancia, completamente blanca, no tenía más mobiliario que una silla y una mesa sobre la que descansaba un teclado de ordenador. Galatea rozó el teclado con su tarjeta de autorización e, inmediatamente, una gran pantalla se materializó en la pared que quedaba frente a ella. Tecleó los datos del sujeto y este apareció, sentado en un banco del parque con la mirada perdida. Se acercó y puso la mano sobre la pantalla, trasladándose al instante al parque en el que estaba Antonio, aunque sin que él pudiera verla. Se sentó a su lado y observó cómo sacaba del bolsillo de su abrigo un teléfono móvil que estaba sonando, pero no contestó a la llamada, se quedó mirando la pantalla esperando a que saltara el contestador. Helena Altea era el interlocutor. Galatea sacó un pequeño comunicador que llevaba en el bolsillo y pidió información sobre aquella mujer a la sede central.

   Antonio se levantó y Galatea con él. Juntos caminaron por aquel parque sin rumbo. Pasaron junto a los puestos de la feria navideña, llena de colores y aromas de abeto y eucalipto, pero él no reparó en nada de ello. De pronto algo llamó su atención: un puesto de artesanía en el que vendían pequeños cuadros con paisajes marineros.

–Buenos días. ¿Le gusta alguno? Es un regalo ideal en estas fechas –le dijo la chica joven que regentaba el puesto–. Los he pintado yo. Todos son piezas únicas, garantizado.

–No, gracias –dijo Antonio con una brizna de tristeza atragantada en la voz–. De pronto he viajado en el tiempo porque… yo también pintaba.

–¿También paisajes marineros?

–Un poco de todo, paisajes, retratos… Era bueno, decían, pero crecí y se acabó. Vivir del arte no es para todos.

–¿Y aún pinta?

–No, no, eso se acabó –dijo Antonio acelerando el parpadeo para contener las lágrimas–. Suerte, niña, disfruta tu sueño.

   «Ahí está la clave», pensó Galatea, «ha dejado de soñar, por eso la vida le sobra. Pues esto hay que arreglarlo. En los próximos días se reencontrará con su sueño, en su casa, en la calle… me voy a encargar de que vea señales por todas partes».

   Tocó el comunicador y regresó a la sala blanca. En la pantalla grande de la pared pudo ver la información que había solicitado: 

Helena Altea. mujer, 52 años. Divorciada sin hijos. Ex compañera de trabajo de Antonio. Amigos. Poca relación.

   Escribió nuevas órdenes con el teclado y apareció Helena en la pantalla, trabajando en la oficina que había compartido con Antonio tantos años. Galatea acercó la imagen y pudo ver como la mujer depositaba un décimo de lotería en un sobre con el nombre de Antonio.

–Así que le va a regalar lotería. Esa puede ser la clave que necesito para lograr que recupere las ganas de vivir, un pequeño empujón económico que suponga una ilusión inesperada.

   Se acercó al trozo de pared que no ocupaba la pantalla y, colocando la tarjeta de identificación a modo de llave de hotel, abrió una puerta que la llevó a la sede central de Loterías y Apuestas del Estado. Subió las escaleras y fue directa al último de los despachos.

–Buenos días, Constantino, vengo en misión oficial del CGN –dijo con autoridad, enseñando su identificación al modo de los agentes del FBI.

–¿Eres una Guardiana de la Navidad? –dijo el hombre completamente asombrado.

–Sí, división de milagros navideños, concretamente.

–¡Qué pasada! Nunca pensé que vendríais, pensé que erais un mito, un cuento que se le explicaba a los nuevos a modo de novatada, o algo así, aunque me enseñaron cómo proceder, pero…

–Venimos a verte de vez en cuando, pero al marcharnos olvidas que nos has visto y lo que te hemos pedido que hagas. La lotería de Navidad es una cosa muy seria. Necesito que el 20.398 sea el segundo premio del sorteo de Navidad de este año.

El hombre, abrió el último de los cajones de su mesa y sacó con cuidado una bolsa de terciopelo negro y un pincel. Juntos salieron del despacho y bajaron con un ascensor hasta la planta -1, donde estaban guardadas las bolas con todos los números de la lotería que entrarían en el bombo el día 22 de diciembre, insertadas en alambres. Recorrieron la sección de los 20.000 y no tardaron en dar con la bola que buscaban. El hombre abrió la bolsa y introdujo dentro el pincel, pasando después a dibujar un dos invisible sobre la pequeña bola de madera.

–Hecho, este será el segundo premio.

–Gracias–dijo Galatea aliviada– creo que acabamos de salvar una vida.
           
CGN, delegación española, lunes, 22 de diciembre, 12:30
 
 –¿No hace un lunes maravilloso? –dijo Galatea, mientras veía en la pantalla del despacho de Melchor a Antonio, celebrando junto a Helena el premio de la lotería, entre lágrimas de incredulidad.
 
 –Sí, sin duda lo es –dijo Melchor con satisfacción, dándole un sorbo a aquel caffe latte macciatto con doble de nata, caramelo y canela que le había traído Galatea–. Hoy hay un poquito más de esperanza en el mundo. Por cierto, ¿mañana puedes traerme tres de estos? Que esta noche llegan Gaspar y Baltasar, para empezar a organizar las cosas, y creo que les va a encantar.   

"Sobre ortografía y gramática"


Por Cristina Ruíz Gallardo (profesora de LFDH)

A la hora de ponernos a escribir nunca hay que perder de vista que el lenguaje es nuestra herramienta de trabajo. Por eso, es fundamental que conozcamos muy bien las reglas ortográficas y gramaticales de nuestra lengua.
 

Además, algunos de los aspectos que siempre hay que revisar son:

Hay que elegir las palabras con el significado más preciso posible para que nuestra narración sea clara y efectiva, lo que no implica que pierda belleza y calidad literaria.
 

Si apostamos por sustantivos con matices descriptivos, reducimos el número de adjetivos innecesarios (que son muchos, créeme). 

Es importante evitar las ideas redundantes, las perífrasis y las subordinadas accesorias, ya que lastran la lectura y pueden causar confusión al construir párrafos muy largos.

Debemos evitar los “cultismos” y las “palabras malsonantes”, siempre que el texto no los requiera. Hay que elegir un registro para la narración y mantenerlo a lo largo de toda ella. 

Y, por último, hay que prestar mucha atención a los verbos: 

Respetar la coherencia de los tiempos verbales (nada de saltos del presente al pasado y viceversa sin justificación). 

Evitar las formas impersonales, de forma especial los gerundios, ya que lastran la lectura (como dice la escritora Espido Freire: “El gerundio no es nuestro amigo”).

Incluir los mínimos verbos dicendi posibles en las acotaciones, para que el lector sepa quién habla, pero que no le desconcentren en la lectura de los diálogos. 

Como vemos, todo es cuestión de prestar atención a la parte técnica de la lengua para lograr que nuestros textos sean claros, fluidos y efectivos.

Chicos, ha llegado el momento de hablar de las comas


Por Josep Amorós (profesor LFDH).


En todos los cursos y talleres de escritura creativa que he impartido y, en esto, coincido con mis compañeras de la escuela, siempre llega el día que aparece esta frase. No es culpa vuestra, nos engañaron a todos: no, las comas no son para respirar. Fíjate, por ejemplo, en la coma del vocativo, esa que olvidas porque en voz alta no la dices. Las malditas comas son el signo ortográfico más subjetivo de todos y, por tanto, te ayudará a construir tu voz propia como escritor, pero hay algunas que deberían considerarse irrenunciables y otras, prohibidas.

La primera ya está dicha: la del vocativo. Son fáciles de encontrar, suelen vivir en los diálogos. Asegúrese de que están todas, antes y después del nombre, sea propio o común.

En los adverbios, proposiciones adverbiales y subordinadas suelen ayudar. Pero tampoco las acumules, ¿recuerdas aquello de la economía del lenguaje? En cualquier caso, las subordinadas son maravillosas si quieres un ritmo pausado, pero son también tus peores enemigos en un relato de acción.

No deberías ponerlas antes de una conjunción copulativa o disyuntiva, siempre quedan más bonitas si las pones después. En las adversativas, pero, antes.

No sé si, a estas alturas, debería decirlo: ¿las que aterrizan entre sujeto y predicado? De acuerdo, si la coma se justifica porque has cambiado el orden lógico de un enunciado o porque sustituye al verbo, no lo dudes. En cualquier otro supuesto, ya sabes.

Si tienes en cuenta estos cuatro casos, en todos los demás simplemente aplica tu criterio y buen gusto, casi siempre acertarás y tu relato quedará impecable. Fácil, ¿no?

Las diez razones por las que aprender a escribir, por Constanza Ternicier

1. Porque para qué vivirlo si no es para contárselo a alguien.

2. Porque es un ejercicio donde el ego queda atrás y se abre la posibilidad de experimentar muchos modos de ser posibles.

3. Porque se parece tanto al amor y a bailar.

4. Porque es una manera a través de la cual podemos practicar el ritmo.

5. Porque escribir es abrirse a la corriente de lo incierto y entender que no hay verdad, es navegar en aguas que te pueden llevar hacia parajes insólitos.

6. Porque escribir es una forma de pensar y sentir. Es asumir que somos en el lenguaje y explorarlo al máximo.

7. Porque escribir es una forma de acortar esa distancia casi insalvable que hay entre las palabras y las cosas. O al menos es la ilusión de intentarlo.

8. Porque se parece mucho a soñar.

9. Porque es un modo de ubicarse en la frontera de las cosas, ni tan aquí ni tan allá.

10. Porque escribir y leer es sentirse menos sola.

Los diez libros más importantes de mi vida por Natalia Fernández Díaz Cabal


1. "Loca", Nelly Arcan

2. "Edipo en Estalingrado", Gregor von Rezzori

3. "La biblioteca del capitán Nemo", Per Olov Enquist

4. "La nave de los muertos", B.Traven

5. "La frontera", Can Xue

6. "Los cuatro libros", Yan Lianke

7. "El cuento de un hombre ciego", Junichiro Tanizaki

8. "Nubes flotantes", Fumiko Hayashi

9. "Perorata del apestado", Gesualdo Bufalino

10. "Trilogía de Claus y Lucas", Agota Kristof


Consejos sobre escribir por Jordi Portals

1. Cuenta una historia. Tiene que pasar algo. Si no entretiene, aburre. Y si aburres, no te leerán. 

2. Adjetivos y metáforas, las justas. Escribir bien es que interese lo que escribas, no hacer florituras.

3. El diccionario es un gran invento: úsalo.

4. Una idea, un punto. Una idea, un punto. Adiós a las frases larguísimas y rebuscadas.

5. Leer un libro no es un acto sagrado: si no te gusta, déjalo. Y a por otro.

6. Intentar escribir como alguien que te gusta es un buen inicio. Ya encontrarás tu estilo.
 

7. Una buena película cuenta una historia en una hora y media. No necesitas quinientas páginas para contar la tuya. 

8. Cuando hayas acabado, imprime y corrige a mano el texto. Luego, pantalla en blanco y vuelve a empezar copiando el texto corregido. Vence la pereza inicial: se te ocurrirán nuevas frases e ideas, y construirás un texto mucho mejor que el que imprimiste inicialmente. 

9. Cuando escribas un diálogo, repítelo en tu cabeza con la voz de tu actor o actriz favoritos. Si te gusta, el diálogo funciona. 

10. No hagas mucho caso de los consejos o críticas de otros lectores si realmente no estás de acuerdo con ellos. 

Els deu llibres de la meva vida per Josep Amorós

 

Els decàlegs s’han d’escriure com un compte enrere, començant per l’últim. Els deu llibres de la meva vida avui són aquests i demà podrien ser uns altres. En tot cas, n’hi ha de grans i de més petits, alguns dels considerats imprescindibles i potser algun altre que us sorprendrà. 

10 – Les aventures de Tintín. Van ser la meva porta d’entrada a la literatura, podeu triar el que vulgueu. Potser els dos de l’Unicorn són els que més m’agraden. En aquella època també llegia Astèrix, però Hergé va ser molt especial pel seu encant i el rigor ben documentat dels referents.
 

9 – Les sagues d’Enid Blyton. Aquesta autora, editada aquí per Editorial Juventud, em va ensenyar, de ben petit, que la literatura transmet molts sentiments que potser no esperaves, fins i tot un desig irrefrenable de berenar plum-cake i cervesa de gingebre.
 

8 – Deu negrets (And then there were none). Segurament, la millor d’Agatha Christie, de qui vaig aprendre el gust pel gènere i, sobretot, em va dur de la mà a conèixer Camilleri, Montalbán, Hammet o Highsmith.
 

7 – Cròniques de motel. El gust per les estructures convergents, per la suma d’històries aparentment desconnectades que acaben construint un relat. Aquesta petita joia de Sam Sheppard és per a mi la senyera de la narrativa nord-americana del segle XX, connectada amb el fenomen revolucionari anomenat nou periodisme

6 – L’irradiador del port i les gavines.  Joan Salvat-Papasseit és la llibertat absoluta en la poesia. Personatge proper a la meva família paterna —el meu besavi en va ser mecenes—, és qui em va fer entendre que lírica i avantguardisme han d’anar de bracet.
 

5 – La pesta. Vaig tornar a llegir Albert Camus els primers dies de confinament per la pandèmia i, segurament, una i altra van encaixar. Se’m fa difícil decidir si em va marcar més aquesta segona lectura que la primera, quan la mirada va ser òbviament una altra.
 

4 – Balla, balla, balla. Va ser el meu primer Murakami i em va enlluernar. La capacitat narrativa, els referents recurrents en la música i el cinema i, sobretot, la manera d’entendre el realisme màgic com un camí per presentar dualitats i contradiccions que freguen l’esquizofrènia són factors que han influït molt en com escric ara mateix.
 

3 – Olivetti, Moulinex, Chaffoteaux et Maury. Quim Monzó és el principal culpable que escrigui conte i relat curt, i va ser decisiu a l’hora de decidir-me pel català. És la meva llengua, però, per obvis motius generacionals, vaig ser educat en la llengua i la literatura castellanes. Llegir Monzó em va fer estudiar català seriosament per deixar de sentir que, tot escrivint en una altra llengua, és com si m’estigués traduint.
 

2 – Rayuela. No es pot entendre la literatura contemporània sense l’obra de Julio Cortázar. Fins i tot per sobre dels reculls de relats, que ja l’haurien fet immortal, la singularitat de la seva gran novel·la ultrapassa qualsevol etiqueta que li vulguem posar.
 

1 – Cien años de soledad. Si no hagués llegit Gabriel García Márquez, potser no escriuria. És una afirmació que funciona exactament igual en primera i en tercera persona. I també, en sentit invers: ho confessem o no, tots els que escrivim ho fem convençuts que mai no ho farem com Gabo i, malgrat tot, ens agradaria assemblar-nos-hi. 

Los diez consejos que os hubiera gustado recibir cuando empezasteis a escribir  por Constanza Ternicier

1. Confía en la historia y no trates de controlarla.

2. No tengas ansiedad por publicar, deja descansar tu novela. No hay ningún apuro.

3. Las repeticiones son hermosas, no hay que trata de evitarlas.

4. No te empeñes en matar al padre y a la madre, porque se acabarán muriendo solos.

5. Entre la literatura y la vida, elige siempre la vida.

6. Las metáforas abren, los adjetivos cierran.

7. No te culpes por reír, el sufrimiento está sobrevalorado.

8. No te obligues a tratar determinados temas, escribe de lo que puedas.

9. No hay nada que no sea novelable.

10. No existe el bloqueo, existen tiempos de oír la voz. Escúchala.

Diez libros con los que crecí,  per Jordi Portals


1. “Benzina” Quim Monzó. En 3º de BUP, lo descubrí en la biblioteca de la escuela y lo iba leyendo de diez minutos en diez minutos: lo que duraba el primer patio. 

2. “Les veus del Pamano” Jaume Cabré. El placer de descubrir cómo se puede jugar con el lenguaje, el tiempo y el espacio en una única frase. Maravilloso.

 3. “Los cinco y el tesoro de la isla” Enid Blyton ¿Hay otra forma mejor de entrar en la literatura?

4. “El cine de los sábados”  Terenci Moix Unas memorias extraordinarias de un personaje único. 

5. “El zoo d’en Pitus” Sebastià Sorribas Una historia maravillosa.

 6. “Veinte mil leguas de viaje submarino”  Julio Verne . Si escribir es atrapar al lector, Verne es un maestro.

7. “L’art de portar gavardina”  Sergi Pàmies La literatura esencial. Sin artificios, sin buscar el salto mortal. Menos es más elevado a la máxima potencia.

8. “Mirall trencat” Mercè Rodoreda Un monumento. ¿Cómo se puede escribir tan bien?

9. “El quadern gris” Josep Pla. Da igual por la página que abras el libro. Da igual lo que cuente. Pla te atrapa.

10. “Tintín al Tíbet” Hergé A Tintín hay que volver siempre.

 




Diez razones para escribir por Natalia Fernández Díaz Cabal

1. Escribir para ofrecer nuestra mirada.

2. Escribir para llevarnos bien con las palabras.

3. Escribir tiene su lado terapéutico.

4. Escribir nos permite decir cosas que no haríamos de otro modo.

5. Escribir es una llave a la ubicuidad.

6. Escribir es una forma de diversión.

7. Escribir es perdurar.

8. Escribir es poner en orden en el cajón de las ideas.

9. Escribir te permite reivindicar.

10. Escribimos para desahogarnos.

Los diez libros de mi vida por Paula Cifuentes

1. Frankenstein: porque recuerdo llorar agazapada en el cuarto del baño cuando el monstruo mata al niño y ya no existe redención para él.

2. Madame Bovary: porque siempre que dejo de creer en la literatura, descubro en él una nueva forma de escribir.

3. Las aventuras de Arthur Gordon Pym: porque cuando empecé mi primera novela, recuerdo que la releí varias veces hasta que conseguí entender que eso era lo que quería hacer yo, para siempre.

4. De profundis: porque me recuerdo con catorce años intentando leerlo una y otra vez hasta que conseguí por fin entenderlo.

5. Mientras agonizo: porque con este libro entendí que lo que de verdad me gustaba –y me ha gustado siempre– es leer y no escribir.

6. Rojo y negro: porque en vez de estudiar Derecho, me recuerdo leyendo a escondidas en clase mientras aparentaba que prestaba atención.

7. La llamada de la selva: porque en una época en la que me sentía tremendamente sola, descubrí que hay soledades peores que las de las adolescentes tristes.

8. Los cuentos de la Alhambra: porque fue el primer libro que me compré con mi dinero.

9. Bomarzo: porque con él entendí que hay Historia y hay historias, y que de la mano siempre van mucho mejor.

10. Fábulas de Samaniego: porque recuerdo a mis padres, que me las leían antes de irme a dormir.

  Tiempos modernos (Homenaje a C. Chaplin) “ 

por Natalia Fernández Díaz-Cabal

Los dos compadres caminaban tambaleantes al final del toque de queda cuando descubren un bulto inerte en las entrañas del callejón (sin salida).


- ¿Qué es eso?


El más atrevido, o borracho, de los dos, se acerca, lo mueve, lo gira y decreta:


- Creo que es la Verdad, pero está tan desfigurada que no se distingue de la Mentira.


Su correligionario se inquieta:


- ¿Hay que llamar al 112?


El otro se encoge de hombros:


- Está muerta. Ya pasará la Postverdad a recoger sus restos.


Se incorpora:


- Falta un minuto para el toque de queda. Nos da tiempo a otra birra.

  “De lavanda y mentiras

por Cristina Ruiz Gallardo

 
Se abrió la puerta del templo y entró, hermosa y radiante. Parecía flotar a través del pasillo que la llevaba al altar, vestida de lavanda y adornada con su mejor sonrisa. Marcos la miraba hipnotizado, vestido de chaqué y esperanza. El Ave María de Schubert iba desgranando sus acordes, acercándola más y más al altar. Llegó al final y se colocó enfrente del novio. Él sonrió embriagado. “Nunca podré amar a nadie como te amo a ti” pensó. Ella, serena, se apartó  a un lado y ambos giraron su rostro hacia la entrada. 


-En pie –dijo el cura.

La marcha nupcial anunciaba que entraba la novia.


Instrucciones para crear un Frankenstein en casa (bricolaje de alta gama)


por Natalia Fernández Díaz-Cabal


Busca restos de maderas, cartones o plásticos.
Júntalos anárquicamente con otros elementos que consideres de probada inutilidad.
Esculpe todo hasta lograr algo medianamente antropomórfico.
Barnízalo con laca de uñas o aceite de linaza.
Ponle monedas de euro a modo de ojos.
Asegúrate de que la boca escupa y engulla (de paso asegúrate de que el desecho, la inutilidad y lo monetario jueguen un papel: para eso has elegido la materia prima que has elegido).
Ponle alguna red social en el cerebro.
Envenena ese cerebro y deja que llene su recipiente de odio supurante (el odio hierve a menos de 100 grados centígrados y a un solo zarpazo plantígrado).
Muestra a Frankestein ante el espejo (en su defecto, hazte un selfie con él).
Déjale que destroce sus primeras cosas (los primeros objetos destrozados son tan importante como las primeras letras aprendidas).
Respeta su rabia con solemnidad sacra.
Cuando insulte al vecino, ríe a mandíbula batiente (y no dejes de hacerlo mientras lo devora).
Intenta seguir sonriendo (y a ser posible aplaudiendo) mientras también te engulle a ti.
No te preocupes por su futuro: 
sabrá vivir sin tu irresponsable complacencia.


Wishlist 


por Josep Amorós Masachs


«Vam veure que no hi havia cap ànima vivent en aquell vaixell de l’infern, però no per això vam deixar de demanar auxili a tots aquells morts de coberta».
 
Edgar Allan Poe, The narrative of Arthur Gordon Pym of Nantucket. 

  El sol es pon rere l’horitzó despullat, on s’endevina amb prou feines la calitja de l’aigua quieta, de l’aire calent, del vapor i el capvespre. El cel, incendiat, reverbera, i em deixo hipnotitzar, assegut a la vella cadira del porxo, pel sol que m’encega els ulls, però no tant com per no veure’t a l’aigua, el cap retallat en negre i daurat sobre el disc vermell, immens, que s’enfonsa un dia més en un mar que ja és ombra, i pinta l’estela de foc que dibuixa el camí fins on ets. Apujo el volum i gires el cap, com si busquessis les notes de Cocker en l’aire calent. Bird on a wire, cover. No et veig els ulls, les ulleres de sol no em deixen. Em trec les meves, el barret, la camisa descolorida i el vell pantaló de fil blanc, i torno a néixer de l’úter de fusta mal pintada de blau que ha acollit una tarda de mots i desig, escrits sobre els fulls de la nostra solitud compartida. De camí cap a l’aigua, trobo, a la platja, el bòxer i la samarreta retallada que hi has deixat caure per convidar-me a una trobada secreta, oculta sota el mar discret, amic, que només ho dirà a les sirenes. Una pedra em punxa el peu, però l’aigua, inesperadament calenta, salada fins a la nàusea, ja em deixa flotar. Nedo. L’instant s’eternitza en la distància i m’aturo a pocs metres, per demanar-te si vols ser la riba on refugiar el cansament dels meus dies, si vols començar la nit ara mateix. No cal resposta.

            —Encara que no t’hagués conegut, també et trobaria a faltar —les teves paraules m’acaronen i un desconsol profund em fa trontollar qualsevol certesa amb la terrible premonició de la pèrdua.

            —On eres?

            —T’esperava.

            
  Nadem. Junts. Cap on encara un clarobscur incert ens recorda l’incendi de fa un moment. Passem de llarg els velers fondejats, amb la seva música d’estais que repiquen mansament els pals, i ens deixem gronxar, panxa enlaire, per la tènue dansa de les ones, tímides, que no gosen ser prou per tornar-nos els cossos, d’esma, a la platja.

            —Tinc fred —has dit, de mitja veu.

            Tornem. Sortim de l’aigua i correm fins a les escales del porxo, oblidant la roba, oblidant el fred, i riem com gavines que han albirat un banc de rogers. Amb l’esquena a l’últim graó, els colzes clavats a la fusta, et convido a seure sobre el meu ventre i et miro amb la intensitat que tenia el sol fa un moment. Fem l’amor amb el ritme tranquil de les branques de sabina que es bressolen en l’última brisa del dia, abans que el vent no caigui sota les estrelles i la nit s’encalmi.

 

                                                           * * *

 

  El mar ve aquest matí del mateix punt que el sol, vestit de crestes d’escuma que es confonen amb els núvols de sal escampada pel cel. La nostra banda d’illa resta, doncs, a sotavent. Sento la solidesa de trepitjar amb peus descalços la terra que ens protegeix del llevant. Flota la posidònia. L’aigua és freda i tranquil·la dins la badia, la tempesta s’endevina fora, lluny de les braçades que em retornen el ritme d’una cançó de Van Morrison que he mig sentit aquesta nit, quan jo dormia i tu et movies per la sala, trastejant el desordre de llibres i ampolles i vasos i pedres que ha aconseguit ordenar les nostres nits.

  Em giro per veure si he anat gaire lluny. Encara es veu la casa de fusta blava on ara deus dormir. Just per sobre, cinc cables de telèfon dibuixen un pentagrama a contrallum. Un ocell reposa en el tercer i convida l’estol a compondre un mi major, i tot sona al riff d’I’m not feeling it anymore. Nedo de tornada, una bona estona, però la distància ja no mesura el temps sinó l’espai que s’eternitza entre els tres acords de la cançó. Abans no s’ompli la platja, em deixo gronxar per l’aigua que va i ve d’aquest territori incert que ara és mar i ara és terra. Sorra i solitud m’arrebossen la pell i sento els cristalls de sal que em punxen cada porus, cada racó, cada cicatriu, amb un regust de l’estiu que s’acaba, el teu perfum als llavis i la teva imatge als ulls tancats.

  Pujo l’escala del porxo, encara moll i enfarinat de sorra blanca, i distrec uns instants esbandint els peus a l’aixeta baixa de la paret, com qui fa ablucions abans de trepitjar el temple. Entro, tot i això, un bon regalim d’aigua a cada petjada. Tant és, la fusta de terra ho agraeix. No sento l’olor del cafè i et penso dormint, però no ets al llit. El llençol de fil que vessa, desmanegat i ben llarg, a la teva banda, em diu amb sarcasme que és dissabte.

  On deus anar cada cap de setmana? Mai no t’ho he demanat. Dos dies per enyorar-te són com els amics que s’aparten una mica quan vols estar sol: respecten el silenci i accepten que gaudeixis el regal de la solitud. També per a mi és un regal. Si ho penses, ens enfortim, perquè tries tornar, perquè trio esperar-te.

 

                                                           * * *

 

  Brea, suor, estiu i tempesta. Salnitre, gasoil i rom vell. Olor de guano, de baixamar, de drassanes i de sentina. De peix podrit, sal i aigües mortes. I un sentiment que put per sobre de tots: l’olor del naufragi.

  He nedat fins al vaixell. M’enfilo per popa, aprofitant un cabestrell que sempre deixo a mà quan queda fondejat a la badia. El vell Sunion és un Tornado de trenta-un peus, noble, mariner, que navega de cenyida amb coratge, aixecant la proa sobre qualsevol vent que li posis de cara. Tot i la llevantada, vull sortir aquests dos dies. Obro la cabina i trobo un jersei de cotó gruixut i una camisa, uns pantalons fluixos que em queden grossos i la gorra. Farà fred. Comprovo la sentina, el galliner i els pallols de popa, i en trec un trinquet, que aparello fàcilment, deixant-lo a punt per a després de salpar. Halo l’àncora i l’amarro als obencs del drap amb una cabestrera perquè no s’hi emboliquin les escotes, i hisso la major, que puja suaument, mantenint la proa al vent. Prenc dos rissos, el vent s’ha entaulat i l’estrèpit de drisses i estais fan preveure un matí mogut allà fora. A la roda, busco la cenyida per apartar-me dels altres vaixells fondejats, on encara tots dormen, si és que hi ha algú, i caic amb molt de compte a la banda de sobrevent fins a agafar l’empopada. Poso el trinquet en orelles de burro, deixant que el cabrestant doni el contrapunt aspre amb els gemecs de cada dent dels ressorts, primer molt ràpids, cada cop més espaiats, fins que la vela diu prou. De seguida surto de la calma de la badia i agafo les ones de llevant, mantenint el rumb de ponent fins que hi ha prou espai per virar a migdia. La botavara trabuca amb violència a estribord i la casso, proposant un través paral·lel a la costa. Ajusto el trinquet i fixo el pilot automàtic abans de pujar sobre la cabina, des d’on observo encuriosit un parell de veles a sotavent, massa lluny per apreciar-ne el rumb. Agafat als estais, respiro amb ànsia la sal de l’aire, escolto el vent i procuro no pensar-te en el teu refugi que ignoro, que no vull destorbar.

  Una gavina ha deixat caure a coberta les despulles que duia al bec, com si vingués del vaixell dels cadàvers, i penso que, ara mateix, poques milles més al sud, moltes embarcacions seguiran la mateixa derrota tenyida de sang, com el cap de la gavina de Poe, en aquesta mar d’infàmia que amaga els morts que ningú no vol veure. Solcar les aigües que ens van dur la civilització no hauria de ser una singladura de mort, mai més, no en la mar que estimo i que avui acull la solitud plena, viscuda, que em fa sentir d’acord amb mi mateix i rebel amb un món que em nego a entendre.

  Quan ultrapasso el cap més meridional, sota el far de la fi del món, la mar, sense l’obstacle de l’illa, colpeja amb fúria l’amura de babord. Viro per agafar la llevantada de cenyida i el Sunion aixeca el nas, orgullós, esquitxant amb violència l’aigua embravida però sense embarcar-ne una sola gota. Ajusto les escotes com qui vola un estel, sense tensar-les, deixant que voli. La ferocitat dels elements em fa sentir molt petit, despullat, però m’estimula els sentits, les alertes, la certesa de ser un supervivent. En aquesta banda no veig cap més vela que el terç de la meva que emergeix dels rissos i el minúscul trinquet, tibant fins a fer cruixir pals i cables sobre la coberta mullada. Em deixo atrapar per la poesia de tanta violència tan ben orquestrada. A diferència de la que infligim els homes, mesquina i covarda, el vent, la mar, l’univers, es desencadenen gràcies a un ordre infinit que ens empetiteix fins a la insignificança. Quan hi vam arribar, el món ja era vell. Quan en marxem, seguirà sent jove.

 

                                               * * *

 

  Han estat dos dies d’intensitat. A la mar i al meu cap. La profunditat de les valls entre ona i ona m’han fet pensar en els forats de l’ànima, entre un port i el següent, en aquesta singladura que ha estat la meva vida. Potser ja no vull un altre port, la derrota del vaixell té el mateix nom que el destí. Naixem per ser derrotats, i només ens pot consolar el viatge, aquesta altra derrota, homònima i contradictòria, que solca aigües ignotes fins que ja no esperem arribar enlloc.

  Fondejo a trenc d’alba. El sol tornarà a sortir sobre la casa de fusta blava, començo a endevinar-ho a cada braçada. Cansat, xop d’aigua i tristesa, pujo els quatre graons del porxo i entro. És dilluns. M’acosto a la paret del fons i giro el teu retrat, el que et vaig pintar fa tants anys, per tornar a posar-lo de cara, perquè la teva presència obri, de nou, el miracle que jo sobrevisqui una altra setmana.

© Josep Amorós Masachs. Obra registrada a Safecreative.org