Un espacio donde nuestros alumnos pueden publicar sus historias

Soledad 

por Ana Quibus, alumna de Novela

Quizá fuera la primera luz del día lo que provocase el lento movimiento de los párpados de Tania. Quizá fuese aquel silencio extraño. Los dedos de la mano derecha se abrieron para peinar la oscura melena, mientras los rayos del sol parecían insistir en que aquellos grandes ojos se abrieran.  La mano izquierda tanteó si él estaba allí, pero no parecía. Volvía a estar sola, bueno, no del todo.

 

Mientras abría los ojos pensó en por qué había dejado de escuchar la ducha de las mañanas, de sentir la humedad del beso de buenos días, de oler el primer café sobre su mesita de noche.  Sí, las cosas habían cambiado, se trataba de mantener el silencio, aquel silencio del que no disfrutaba por las noches, aquel silencio que se había asentado por las mañanas.

 

Se levantó y colocó los pies en el suelo y la solidez de la madera de haya la devolvió a la realidad. Caminó despacio mientras los dedos rozaban poco a poco cada una de las camisas de caballero que colgaban del vestidor. Se detuvo en una de color blanco y pechera de esmoquin y recordó aquel día en que sus vidas se unieron.  Al fondo, unas palmeras hawaianas la saludaron y rememoró el olor a sal de un viaje maravilloso. La azul clara la llevó a aquel portal donde un beso le fue robado.

 

En el centro del vestidor la ropa del día anterior estaba doblada sobre la banqueta de terciopelo. La acercó hacia la pecosa nariz. Respiró profundo y sintió cada parte de su cuerpo. Dejó la ropa y se miró en el espejo. La sonrisa pareció torcerse. Quizás el armario de espejo no le mostrara la imagen que ella quería. Pero todo quedaba reflejado ahí, en la opacidad de la melena, en la oscuridad de debajo de los ojos, en las manchas de la lactancia sobre el delicado camisón de organza, en el abultado vientre, en el descascarillado esmalte de las uñas de los pies. 

 

El llanto de un bebé y Tania regresó al dormitorio. Cogió al pequeño del moisés y lo acercó a su piel. Miró su móvil al mismo tiempo que la habitación se oscurecía. Acaso, habría tormenta. Cerró los ojos y suspiró. Se rompió el silencio pero no la soledad.

 

AMANTES

©Yolanda Duque Vidal, alumna de Narrativa


La noche es larga para insomnes y muy corta para los amantes. Los sonidos de
una tormenta graban de pleno la tortura. Sus tripas se enredan en las trenzas de la
noche.

La oscuridad da paso a la lujuria. Se relajan dos extraños haciendo cosas extrañas
en una ciudad ruidosa que arropa sus miserias.

La mujer, con ojos pasmados, ve como su amante sale sin decir adiós. Se lo traga
la noche y ella, abrumada y despechada se lanza al abismo.

El flagelo del abandono le saca brillo a la locura.

Todo se acomoda

por Malusa Gómez, alumna de Cuento y Relato


 Como todo y como siempre, las cosas se fueron acomodando poco a poco. La Universidad era totalmente diferente al colegio, una iba mucho más a su aire, no había la necesidad de hacer todo juntos, es más, ni siquiera teníamos las mismas responsabilidades ni las mismas tareas. 

 Yo estudiaba Biología Marina, fui la única de mi generación que eligió esa carrera. Así que, excepto por las materias de tronco común, no coincidía con casi ninguno de los de la bolita. 

 Nunca fui despampanante, pero siempre tuve lo mío y, sobre todo, siempre tuve actitud y personalidad. Tanto, que Carmen, mi amiga, me decía con un poco de rabia: “Tú ni eres tan guapa, pero como te crees tanto, nos convences a todos que sí lo eres”. Hoy me da risa cuando lo pienso, pero en su momento me ofendía bastante.

 Fue en la Universidad donde conocí a Fernando, hoy mi marido, y fue gracias a que ninguno de los miembros de la bolita estudiara lo que yo, algo que me obligó a buscar nuevos amigos y nuevos planes y, quién me lo diría, hasta un marido. Fernando no era el más guapo del grupo, pero sí el más listo. Cada vez que intervenía en clase, nos dejaba a todos pensando y con esa sensación de haber leído un capitulo diferente, pues por más que lo habíamos revisado, ninguno llegaba a entenderlo tan bien como él. Creo que eso fue lo que me hizo quererle. Ser la novia del más listo da mucho estatus, me imagino lo que están pensando, ya está esta como siempre, con el ego por delante.

 

* * *


 Cuando recuerdo lo mucho que me molestó el primer día la presencia de la nueva, hasta me da vergüenza. Nunca quise reconocerlo frente a mis amigos, fingía que me caía bien y que me encantaba que fuera nuestra amiga. Con la única que lo hablé fue con Rocío, en la intimidad que nos daba su coche.

 De vuelta a casa, no pude más y comenté con Rocío lo mal que me había caído la morenaza despampanante, tuve miedo de exponerme ante ella, pero no podía más y necesitaba saber si Rocío había sentido lo mismo.

—¿Viste a la nueva?  —le pregunté.

—Claro, ¿quién no la vio?, fue el tema de toda la Universidad —respondió, dejando claro que compartía mis sentimientos.

—No sé qué le ven, es exótica, pero le falta estilo —dije sin disimular mi envidia.

 Las dos nos reímos a carcajadas, sabíamos que estaba mintiendo, pero mi mentira nos hacía sentir bien.

 

* * *

 

 Ahora que ha pasado tanto tiempo, veo desde fuera mi paso por la Universidad y mis angustias, y me doy risa. Qué cantidad de cosas tontas nos agobian, cuánta energía desperdiciamos en temas que luego la vida nos demuestra que no eran tan importantes. Pero como todo, si no las vives no las aprendes.

Y ahora que lo pienso: ¿Qué habrá sido de la morenaza despampanante?

LA DAMA DE LAS PANTUFLAS ROSADAS

 ©Yolanda Duque Vidal, alumna de Narrativa

En la penumbra de la noche, fantasmas visitan los callejones de una ciudad que se asfixia en basuras, escombros de todo tipo, donde danzan ratas, cucarachas, y una nube de olores nauseabundos penetra en los huesos de las casas. Perros callejeros hurgan en los contenedores de basura, toda esa podredumbre que rodea el barrio de inmigrantes y sus vidas de personas de “tercera categoría”. Oxidados lamentos de portones de hierro sacuden el sueño, y logran espantar a cleptómanos que siempre merodean por las callejuelas detrás de los edificios.

Esa noche, por una extraña razón, los perros se mantienen alertas, unos aúllan, otros ladran desesperadamente. Fiorella, en bata rosada y pantuflas del mismo color se asoma a su balcón y mira hacia todos lados de la callejuela. No es mucho lo que puede ver, el alumbrado público es demasiado tenue. Se ajusta el pañuelo en su cabeza y entra cerrando la puerta, con un rezongo en su adormecida voz. 

Unos pasos ligeros despiertan la curiosidad de los canes, que comienzan a ladrar con insistencia, otros lanzan aullidos que hieden presagios. Alguien corre en medio de los ruidos, que luego desaparecen en la oscuridad. 

Fiorella, vestida con su bata y pantuflas rosadas vuelve a salir al balcón. Está devastada, trata de ver algo, no puede ver, a pesar que sus ojos están detrás de unos gruesos cristales. Los pasos, las carreras y ruidos han cesado. Fiorella entra de nuevo, cierra la puerta de su balcón con doble cerradura. Un extraño escalofrío hace estremecer su cuerpo, a pesar que es verano y no es posible sentir frío en esta época del año. En el callejón, se repiten varias veces los pasos, las carreras y los exacerbados gruñidos de los perros.

Fiorella trata de conciliar el sueño, pero se da vueltas y vueltas en su cama sin lograrlo. Un sentimiento de desolación la invade esa noche. Un par de horas más tarde, y cuando la mujer entraba en un profundo letargo, escucha un golpe seco, y se despierta sobresaltada. Enciende la lámpara de su mesita de noche, mira la hora, son las 4:00 de la mañana exactamente, contempla la fotografía donde están sus dos hijos vestidos de uniforme militar (ambos muertos a causa de la guerra en Vietnam), de pronto le parece que sonríen, se frota los ojos y vuelve a mirar la fotografía una y otra vez. Esa noche, ella ve en sus sonrisas algo diferente. Algo..., que no logra interpretar. Toma la fotografía en sus manos, la aprieta contra su pecho, la mira de nuevo y recuerda la última vez que los vio salir de casa rumbo a la guerra de Vietnam. Luigi, el más joven le prometió volver pronto. Jean Carlo, el mayor, fue siempre más fatalista o “realista”, como solía autodenominarse. Le dijo a su madre: “si no vuelvo, es que gané la batalla mamá, y te sentirás orgullosa de mi, porque un hijo tuyo ha dado la vida por el país que te acogió, cuando tú y papá salieron escapando de la guerra en Europa”. La madre sintió, como si un objeto punzante le atravesara el corazón. Sus hijos habían aprendido desde muy pequeños que dar la vida por “su América”, era lo más glorioso que le podía suceder a un ciudadano nacido en ese lugar. Un suelo que ella nunca pudo amar y donde sólo fue tratada como limpiadora de trastos, desvalorizada y humillada. Una sociedad donde jamás fue reconocida su educación y cultura adquirida en su añorada Italia, pero de cualquier modo, sus hijos habían nacido y crecido en ese territorio y no podía inculcarles ningún rencor hacia esa “pródiga tierra americana”.

El golpe más doloroso de su existencia, fue siete meses después de haber partido sus hijos a la guerra, cuando le enviaron los restos de Luigi, con una bandera americana y una medalla. Dos meses más tarde, regresó Jean Carlo con su pierna izquierda amputada y la derecha afectada por una infección incurable. Durante tres meses Fiorella viajaba diariamente al hospital para visitar a su hijo, que cada vez se ponía más grave, porque además, era víctima de una avanzada Diabetes, ésta le impedía la curación de su pierna y la infección comenzaba a expeler un hedor a carne descompuesta. Una semana después le fue amputada la pierna derecha y Fiorella se quedaba en el hospital para consolar a su hijo, que había caído en una profunda depresión. Semanas después Jean Carlo falleció de un infarto mientras su madre le daba de comer. 

Inconsolable, Fiorella estuvo mucho tiempo encerrada en su casa, con la única esperanza de morir y reunirse con sus seres amados. Cuando había escapado de la guerra con su esposo, pasaron por muchas privaciones y trabajaron en los oficios más duros. Él haciendo trabajos de plomería y ella de sirvienta. Su esposo falleció en un accidente de tránsito cuando sus hijos eran adolescentes. Fiorella nunca volvió a aceptar a nadie, a pesar que muchos pretendientes la rodearon siempre por ser una mujer fuerte, con espíritu de lucha y muy atractiva. Tuvo que trabajar el doble para educar a sus hijos y pagarles la Universidad. Luigi siempre quiso ser militar, aunque su madre trató de persuadirlo que no era una buena carrera para él, sin embargo no tuvo éxito para hacer razonar a su hijo, y debió hacer grandes esfuerzos y resistir muchas carencias para pagarle la Academia. En Cambio Jean Carlo comenzó a trabajar a los 18 años y se costeaba solo sus estudios, lo que aliviaba de gran manera a Fiorella, ya que veía en él, al protector de la familia. A su muerte, otra bandera y otra medalla recibió a cambio de la vida de su hijo. Le pareció vergonzosa la actitud del gobierno de los Estados Unidos de Norteamérica. Nunca le perdonaría haberle arrebatado a sus dos únicos tesoros, enviándolos a una guerra estéril, como lo fue aquella de Vietnam.

Un tiempo después, que no supo precisar; era una mañana llena de sol, Fiorella amaneció cantando, abrió las ventanas de su casa, se dio cuenta que era primavera y se puso a limpiar mientras escuchaba y tarareaba tradicionales canciones de su entrañable Nápoles. Después de haber caído al abismo del desaliento, era como volver a la vida nuevamente, Entonces, comenzó a bordar un cubrecamas, al puro estilo de su nona materna. Mientras bordaba sentada en el balcón de su casa, se escuchaba su voz en un armonioso murmullo con notas perfectas. Otras tardes, la invadían los recuerdos de su esposo y sus hijos, y su mirada se perdía en el Tramonto.

Parecía que había pasado mucho tiempo, sin embargo solo era un mes y medio transcurrido entre la muerte de Jean Carlo, el fin del cubrecamas bordado con tanto esmero, y esa extraña noche en que ha visto que sus hijos le sonríen de una manera diferente, desde la fotografía que tiene en su velador. 

De pronto, un rumor de lluvia comenzó a golpear el techo de la casa, monótono, melancólico y fatal. Fiorella sintió un diluvio que rodaba al unísono desde sus ojos lasos. La nostalgia por sus amados hijos, la lluvia, ese viento tropical que se ensañaba contra el ventanal que daba al balcón, todo le daba vueltas en su cabeza como un flagelante torbellino.

Los perros comenzaron de nuevo con su coro de aullidos, Fiorella se levanta y camina hacia el balcón, abre la puerta y sale. Se vislumbra levemente el amanecer, sin embargo aun no puede ver claro, la lluvia golpea su rostro. Intrigada, se asoma, estira su cuello tratando de descubrir qué sucede esa noche en el callejón. De pronto, ve un bulto muy cerca de la puerta de su casa. Se estira más para tratar de identificarlo y advierte que es un cuerpo que yace inmóvil. Se siente levemente suspendida en el aire y en el tiempo. Le parece ver que se trata de una mujer. Una mujer que viste una bata rosada y pantuflas... también rosadas..., y aprieta contra su pecho una fotografía de dos jóvenes, vestidos con uniforme militar.

 

F I N


CERCANT L' AMOR, per Mercè Carrió i Fornells

(El meu petit homenatge a la meva tia Sabina Fornell)

No busquis tan amunt, amiga meva

aquell amor fidel que vols trobar

segur que és a prop teu amb un penar

però cada amor dolç busca la seva.


Dóna el teu cor sofrent alguna treva

no miris cel amunt, has de mirar

al cor dels teus amics, per retrobar 

aquells valors morals que el temps eleva.


Si un rostre fort i bru el cor et bressa

i un fi cabell com l'or et fa penar

pensa que tot se'n va sense fer fressa.


Quan miris aquell front que vols besar

sols pensa en el seu cor sense disfressa.

Això serà l'amor per estimar.

La poesía es racional

 por Mar Pérez Molero, alumna de Novela


Poeta, desertora de aforismos, Mujer, No viral, amateur, sin padrinos, racional ¿Puede haber más ingredientes para caer en saco roto? Aún así escribo como acto de rebeldía, contra quienes creen que el arte nace del corazón, como si el pobre órgano no tuviera suficiente con bombear sangre por todo el cuerpo. La escritura se aprende, se practica y se perfecciona. 

Estoy cansada de escuchar que la poesía fluye gracias a la inspiración (por supuesto sacada de un rinconcito de nuestro cerebro) y de la mano de los sentimientos. En cierta medida es verdad, pero no olvidemos que las emociones se originan en nuestra cabeza. Es precisamente ahí donde jugamos al racional irracionalismo de crear. En mi caso por ejemplo, me encuentro en una novela en la que el protagonista me ha lanzado a las fauces de la poesía. Esto me ha llevado a replantearme de dónde emana ese eterno "podrá no haber poetas pero siempre habrá poesía" y estoy convencida de que se refiere al propio pensamiento per se y no a la belleza porque sí, que nos han intentado meter con calzador.

La poesía no crece de la nada, son las emociones, sentimientos o como prefiráis llamarlos con una alta dosis de maicena elaborada en el sistema límbico. Hay quienes lo tienen ultra desarrollado y muestra de ello son las grandes obras de la literatura que activan la parte más profunda de nuestro cerebro, conectando incluso los famosos cinco sentidos, o por lo menos alguno de ellos.

La poesía se siente, pero antes de ello, se piensa, así que reivindicó no sólo la pasión que nos han regalado a lo largo de la historia las obras con las que nos forjamos, sino el ingenio y sobre todo la inteligencia (casi siempre muy trabajada). En mitad de esta especie de alegato quiero que reflexionéis sobre lo maravillosamente racional que es la escritura, tanto que nos acelera el corazón y nos hace creer que todo surge de ahí, de lo más profundo de nuestras entrañas.

También pretendo que leáis tanto que queráis escribir y cuando estéis haciéndolo que aprendáis sobre ello hasta que queráis reaprender de cada palabra. Os dejo un poema que escribí pensando en el acto de escribir. Soy consciente de que es mediocre, aunque a mucha honra porque con ello seguiré aprendiendo. 

Me ahogo mar adentro
y olvido que fui marinero
en busca de tu tierra.

 Fui argonauta entre tus olas,
 pájaro sin bandada
 y ancla rota.

Me ahogo y no resurgiré en la arena
en un día de vasos medio llenos. 

Fui leyenda antes ser historia, 
movimiento en bucle
entre teclas llenas de polvo.

Tal vez me ahogué antes de ser,
antes de la corteza,
antes del principio.

Tal vez fui,
y el recuerdo es lluvia
en tu ventana sin reflejos. 


Me ahogo con los pies hundidos en la orilla,
los ojos clavados en nubes de algodón de azúcar
y las manos llenas de tinta de calamar.