Nuestras historias

Un espacio donde nuestros alumnos pueden publicar sus historias


Las sobras


Por Júlia Bossio (alumna de novela avanzado LFDH)

- Sht, ¡ya vale, Pipper! Perdona, no está acostumbrado a los extraños.

- Tranquila, es normal. 

- ¿No eres de por aquí no? ¡Deja la bolsa ya, hombre!

- No, me mudé hace poco. Hará cosa de diez días o así.

- Ah, mira. Pues bienvenido a Wissen. ¡Pipper! Deja de husmear en la basura del chico ¿En qué casa estás?

- En una de aquí arriba.

- Ah, ya, ¿la de madera, que queda subiendo por el caminito, que tiene tres pisos?

- Sí, esa. ¿Quiere uno?

- Ah, no, gracias, no fumo. Pipper no se gruñe. ¿Fumas mucho?

- Un paquete por día

- ¡Pipper! ¿Qué te he dicho? Vale ya, hombre. ¿Y de qué conoces el pueblo?

- Una tía abuela mía murió y heredé la casa.

- Ay, no me digas que eres tu el nieto de Anselma. Lo siento. ¿Pero que alivio, no? ¿Habías estado aquí?

- No. Pero es bonito.

- Ay, que pena lo de tu tía, pero ya verás qué bien vas a estar aquí. Pipper ¡Basta!

- ¿Te gusta la carne eh, Pipper?

- Ay, ¡y que lo digas! Le vuelve loco la carne.

- Por eso huele tanto la bolsa.

- ¡Pipper! Ya verás, vas a estar bien aquí. Es muy tranquilo. Y por la noche se está fresquito, que es lo importante.

- Sí, eh.

- ¿Te has dado una vuelta?

- Bueno…, fuí al estanco el otro día.

- Así que conoces mi colmado. ¿A que había un hombre gordo con bigote pero sin barba cuando fuiste?

- Sí.

- ¿Qué ni te habló prácticamente, no?

- No.

- Mi marido. Es que mira que es suyo. Treinta y cinco años casados y no suelta prenda. No cambiará nunca. Lo contrario que yo. Parece que la bolsa pesa bastante, eh. Seríais unos cuantos comiendo.

- Bueno, éramos dos, nada más.

- Oye, pues cuando quieras, te presento por aquí, así vas conociendo a los vecinos.

- Sí, estaría bien. ¿Cuándo pasa el camión?

- ¿El camión?

- De la basura.

- Ah, claro. Pues, depende, generalmente los jueves.

- ¿Y hoy es…?

- Maldito perro. Hoy es sábado. A veces pasa los domingos.

- ¿Cómo?

- El camión digo, que a veces pasa los domingos. Depende de Paul.

- ¿Quién es Paul?

- El hijo de Manuel, es… ya sabes.

- ¿Qué?

- Tiene problemas. Bueno, sus problemas no son como los míos.

- Seguro que tampoco como los míos.

- Pipper, por Dios, si sigues así vamos a casa, ¡eh!

- Y, entonces, ¿Manuel es el qué conduce el camión?

- Ahá.

- ¿Y que pase dos días a la semana en vez de uno depende de su hijo?

- Sí, así es.

- Un hijo que tiene unos problemas qué no son ni como los míos ni como los tuyos…

- Bueno, hombre, es que dicho así. El hijo de Marvyn tuvo un problemilla con, ya sabes, eso que hacen los jóvenes. En este pueblo se aburren y prueban cosas. ¿Me entiendes ahora?

- ¿Qué clase de cosas?

- Pues es que la historia es larga. Primero se juntó con el hijo de la loca del pueblo, que es madre soltera, ¿sabes a lo que me refiero, no? Su marido la dejó por puta, y no me extraña que el niño le haya salido así, criado por esa fulana...

- Pero ¿qué tiene que ver?

- No, nada, pero si el niño ve que su madre fuma él también fumará, digo yo, ¿no?

- Mi madre no fuma.

- Bueno, ya me entiendes, tú pareces un chico responsable y educado. Bueno, y luego estaba la hija mayor de los Naissen. Una niña preciosa. Se fue a la universidad un día y volvió hecha un despojo, vestida como esas chicas de la capital que parece que las haya atropellado un autobús. Con esos pelos tan bonitos que tenía y se los cortó como un chico. Qué desperdicio.

- Perdone, señora, pero ¿cómo es su nombre?

- Ay, sí, perdóname, hijo que no me he presentado. Me llamo Teresa. ¡Pipper! Pues Susana la hija mayor de los Naissen, lo que te decía, que se fue a la universidad y de allí trajo no sé qué, la cosa esta que sale por las películas que la gente se la mete por la nariz. Bueno ,que sé yo. Y el niño de los Viranjuez se quedó así medio tonto.

- ¿Esquizofrénico?

- No sé, ¿cómo iba yo a saberlo?

- Parecía que sí sabía.

- No, no. Imagínate yo ir a preguntarles. Al pobre Manuel…, se me caería la cara de vergüenza.

- Ya, claro.

- ¿Necesitas ayuda con la bolsa? 

- No, tranquila. Ya puedo. Gracias. ¿Entonces, cree que mañana Manuel podrá recoger la basura?

- Ay, no lo sé, hijo. Creo que esta semana ha sido buena, pero esto ya se sabe…

- Hmmm.

- ¿Quieres que le pregunte?

- No, no.

- Bueno pues nada. Voy a pasear al perro. No te olvides de tirar la basura esa, eh.

- Descuida, ahora me desharé de ella.

- Venga, Pipper, ¡vamos! 

- ¡Adiós, señora Teresa!

- Adiós, joven, adiós. Vamos, Pipper, que pesado estás hoy por Dios.

- ¡Adiós, Pipper!

Palabras para Rut

Por Daniel Riego (alumno del curso de poesía LFDH)




Luciérnaga blanca de alas rizadas
vigilas en tu vuelo la ternura,
amadrinas al mundo de cordura;
tú, soñadora de flores nevadas.

Tus viejas sendas de aire acristaladas
de brillantes respiros de hermosura,
enloquecen celosas tu andadura
de sedentarias brisas cotidianas.

Guardabosques de leños carcomidos,
el canto de tu filo sosegado
relumbró claro todos mis sentidos.

Humilde, entrego este himno agradecido,
abrazos dados en versos floridos,
universo de amigo afortunado.


Submarinos

Por Jerónimo Martínez (alumno de cuento en LFDH)


 

  Me pusieron Genaro, pero todos me han llamado y me llaman Naro, espero que esto cambie pronto, a mí me gusta Genaro, Capitán Genaro Márquez. Nací en la Residencia Central, recién estrenada, hace siete años, pero ya me dijeron en segundo que a los cuarenta me volvería cojo, me lo dijo un profesor en el patio cuando una piedra me golpeó y mi pierna izquierda se puso a temblar durante mucho tiempo. Yo estaba en el suelo asustado con todos los del patio de pie y el Profesor Comín con su bigote negro y su calva estrecha dijo que pobre chico, a los cuarenta años se volverá cojo, eso dijo y eso le conté a mi padre que no hizo caso, ¡Qué sabrá de piernas el Profesor Comín! ya era viejo cuando le daba clase a tu hermana. 

  Pero yo a veces me acuerdo del Profesor Comín y me pongo triste, cuando tenga cuarenta años ya no podré pilotar el submarino, no podré subir a la escotilla, ni correr por el pasillo hacia la sala de torpedos. Por eso me da pena volverme cojo, para lo otro no, no me gusta correr ni jugar a la pelota. Lo que me gusta es leer y viajar por debajo del mar.

  Lo de la rodilla igual es verdad por qué este año en el que cumplo los siete llevo dos meses en la cama sin ir al colegio. Las dos rodillas me hacen daño, es un dolor de cristales le dije al doctor y por la cara que puso, pensé que igual tenía razón el profesor. Mi padre dice que es el crecimiento que a todos les ha pasado y que eso se cuida con reposo. Con reposo y una pastilla muy áspera que me da mi hermana por la noche con un vaso de leche bien caliente. Y duermo, duermo mucho.

  Tengo una hermana mayor, tiene catorce años y se llama Berta, ella es la que me enseña los deberes y yo le enseño de submarinos.  Mi hermana ya no va al colegio y pronto tendrá que ponerse a trabajar. Mi madre es modista en una tienda de la ciudad, trabaja allí todo el día y quiere que Berta sea aprendiza. Tranquilo Peque no me iré hasta que seas mayor, me dice mi hermana y yo le abrazo mucho porque la veo triste. Tiene unos ojos que no se sabe dónde mira y se asusta por cualquier ruido. Antes no era así, antes cuando comíamos los cuatro en la mesa se reía mucho y siempre hacia bromas a papa. Así que le abrazo y le digo que a mí me gusta estar solo, leer y viajar por debajo del mar.

A mi hermana le gustan los dibujos que hago, peces y plantas que veo cuando voy en el submarino. Ella dice que tengo mucha imaginación y yo le digo que no, que es lo que veo. Y entonces mes despeina y se ríe, lo que tú quieras peque, sigue así. 

  Me gusta leer enciclopedias y libros de submarinos, me escondo en el colchón que tengo debajo de la cama y con una linterna leo libros de viajes por el fondo del mar y pinto los dibujos.  El colchón es de lana, está lleno de botones y de montañas. Antes mis padres lo usaban no sé para qué, pero ahora se habrán olvidado que está allí.  

  Mi padre viene y va con una maleta negra y sus dos iniciales una J muy grande y luego la M. Todas las mañanas se afeita y se pone colonia de un frasco de plástico. Tira un chorro en una mano, luego se frota las dos y luego se pasa las dos por la nuca. Siempre huele muy bien, y tiene pelos rizados en las manos. Se llama Juan y habla poco. Vuelve a casa para comer la comida que nos prepara mamá por la noche. Llega a las noticias de las dos y cuando faltan cinco minutos ya se oye su silbido por la escalera, Berta se tapa las orejas y aprieta los ojos. Luego se oye como se abre la puerta, primero con la llave larga de hierro, con dos vueltas y después una más pequeña, dorada. Entonces empieza de nuevo con la misma canción y el ruido que le hacen los zapatos marrones que lleva. Es un sonido como de un martillo que golpeara el suelo, un, dos tres , Pump. Un, dos, tres, Pump, y así por el pasillo, primero va al lavabo, se oye la cadena y luego ya huele como se pone más colonia. Se sienta en la mesa. Le gusta que yo y mi hermana ya estemos sentados; pero sin empezar a comer. Cuando el coge la servilleta y la pone sobre las piernas ya podemos.

  Mi hermana solo mira al plato, cuando mi padre sumerge la cuchara en la sopa, ella empieza a comer muy rápido y mi padre le dice que respire que no es bueno comer así, que luego le sienta mal y que por eso está raquítica, que la gente debe pensar que no te doy de comer. Y se lo dice con la cara muy apretada, entonces le sale la voz como de una cueva y a mí los espejos se me clavan en las rodillas.

Después de comer, mi padre coge la maleta y se va, yo me voy a mi habitación. Camino todo el pasillo, paso por la puerta de la calle y luego por la habitación de mis padres que siempre está cerrada y a la izquierda la mía. Sólo cabe la cama y una mesita. La cama tiene el cabezal de tubos de hierro con sonido hueco, la pintura es marrón pero se cae si rascas con la uña y entonces se ve lo negro. En la pared hay una virgen y el niño con una corona. Cuando era pequeño rezábamos con mi madre para que nos protegiera del mal, eso decía mi madre y yo nunca le pregunté quién era.  En la pared de la izquierda hay una ventana cuadrada con dos puertas y en el saliente tres macetas de barro con geranios que cuelgan hacia la calle y la señora Julia que siempre está asomada al balcón de enfrente. A veces hablamos y me pregunta por mi madre. Hace mucho que no la vemos por el barrio, yo le digo que trabaja todo el día y que sólo viene por la noche. Dile a tu padre que si alguna vez necesitáis algo más que me lo diga. Yo le digo que sí y cierro la ventana.

  Mi madre viene por las noches, yo ya me he tomado la pastilla y estoy dormido, pero noto su mano y los besos que me da. Está mucho rato conmigo. Siempre me llama ratoncito y entonces es como si me despertara y le veo la cara, como si estuviera detrás de los visillos, o como si estuviera debajo del mar.

  Y ya estoy en mi submarino, la señal en el radar es clara, pip pip pip, se para y otra vez pip pip pip y se está acercando. Mi hermana está acurrucada en una esquina, ha venido corriendo desde su habitación, descalza, con la falda corta de cuadros y con el suéter retorcido en los hombros. Se sienta y con los brazos se recoge las piernas, le sobresalen los dos huesos de la rodilla. Tiene las manos azules de tanto apretar y le da como un calambre cada vez que oye el ruido. 

—Tranquila Berta, ahora subo periscopio para saber que es. Y si quiere guerra la tendrá.

  No entiendo que está asustada.  Cuando estamos solos es muy guapa, lleva el cabello muy largo hasta la mitad de la espalda y me deja peinarlo y ponerle las pinzas. Antes le cogía las pinturas a mi madre y se pintaba los ojos y los labios. Parecía mayor. Lo que más me gusta es su nariz, pequeña y blanda, como la de las muñecas.

—Ojalá tuviera tu edad peque, y fuera niño, sería todo más fácil.

—Aquí está, ya lo tengo, está a estribor, cuarenta grados.

—Todo el día con la pelota, corriendo…  qué fácil sería la vida así

—A mí no me gusta jugar a la pelota.

—No lo digo por eso tonto.

—Parece que se está acercando. Tranquila, pararemos máquinas para que no nos oiga.

Y entonces apago las luces, ella me abraza, huele igual que mama y me dice que la perdone.

—Gracias tete. Sigue con tus pinturas, serás famoso y cuando seas mayor me vienes a buscar y me llevas lejos.

—¿Mas lejos que la sastrería?

—Si lejos, muy lejos de aquí.

Eso me dice, mientras yo miro la pantalla. Encendemos los motores.

—¿Y a mamá?

—Como quieras.

—¿Y a papá?

—…..

—Tranquila, si vemos que se acerca, disparamos los torpedos.

Y la veo como tiembla y como lucha por bajarse el suéter.  

—¿Que lleva papa en la maleta?

—Pues no sé, cosas que vende.

—Vende muchas cosas y por eso se cansa de hablar.

—Será eso.

—¿Y con mama habla?

— ¿Tú que crees?

—A mi, mama me dice que sí.

—¿Cuándo hablas con mama?

—Pues cada noche, cuando vuelve de trabajar.

 

Lanzo el primer torpedo, todas las paredes vibran, y se oyen golpes en el techo. En la pantalla se ve un haz brillante que atraviesa toda la pantalla y al final desaparece. Silencio, y otra vez pip, pip, pip.  Miro a mi hermana, le va a dar algo. Quiere escapar de aquí. Otra vez la señal, ahora se oye muy cercana pip pip pip todo seguido, disparo el segundo. Pip pip pip , silencio y se oye un golpe seco. ¿El impacto? 

—Blanco, interceptado. 

Miro a mi hermana y me pregunta si ya se ha marchado.

—Sí. Blanco interceptado. Mira el radar, ya no hay señales. 

 

Todo está en silencio, acabo de leer justo cuando se oye el silbido, el ruido de las llaves, los pasos un, dos, tres y Pump y el pasillo y abre la puerta de la habitación de Berta, y la llama, Berta, Berta, Berta y mientras abre las puertas de los armarios y ahora el martilleo en el suelo es más continuó y se cierra la puerta.  Yo dejo el libro y me asomo por la ventana y lo veo como corre calle arriba y la señora Julia me mira pero no me dice nada.

Mans

Per Mima Salfranca (alumna d'iniciació a la novel·la LFDH)


  La Pilar està asseguda al sofà llit de pell de color gris verdós. Té les cames encreuades i el braç dret sobre el respatller, que no és gaire alt i li queda just a mida. El rostre també el gira cap a la dreta i la mirada enfoca a l’exterior de la finestra. Els ulls i la Pilar miren, però no observen, vaguen pel jardinet, per la filera de cirerers en flor del fons, delimitada per una cua d’arbustos ben cuidats i que marquen un caminet de sorra i pedretes. Hi passegen, a pas pausat, alguns malalts, amunt i avall, en cadires de rodes o de bracet dels seus familiars. També s’hi veu algun treballador, de blau o de blanc segons el rang, que camina més accelerat cap a l’altra ala de l’edifici, on es requereixen els seus serveis.

  La Pilar encara no hi ha baixat, al jardí. Sempre pensa que ho farà, però mai no ho acaba fent. El coneix només de vista, des de dalt, com si fos una oreneta o el ninotet aquell que el seu net fa volar per sobre el riu quan són a Ripollet. De cop, un soroll la fa tornar al lloc on es troba, a l’interior d’aquella habitació blanca i estèril. El soroll ha vingut del monitor. La Pilar s’aixeca amb esforç i, a poc a poc, s’hi adreça, vorejant el llit. L’observa amb atenció, però no hi detecta res d’anormal. A aquestes màquines no hi ha qui les entengui, sembla que xiulin només per cridar l’atenció, per fer-se notar. Ja que ha anat fins allà, decideix seure a la cadira del costat, encarada al llit i amb vistes directes a l’espectacle del jardí. Aixeca una mica el cul i, agafada del recolze-braços, fa uns saltironets cap endavant, fins que el matalàs li queda per sobre la faldilla i pot inclinar-se fàcilment sobre el tors del seu home. 

  El mira durant un instant i l’envaeix una sensació de tendresa i familiaritat. Tot i estar més prim i tenir un to groguenc, tot i aquell manat de tubs i cables, tot i que gairebé ja mai no obre els ulls, és el seu Manel. En busca la mà entre els llençols i la porta cap a la seva banda del matalàs. La troba completament relaxada, pesa força i està calenta. Se la col·loca entre les seves, més fredes i menudes, i comença a acaronar-la. En ressegueix cadascun dels solcs del palmell i, a poc a poc, puja cap als dits, resseguint-los un per un, tan llargs i prims com són. La textura d’aquella mà que coneix tant la porta lluny, molt lluny, concretament seixanta-set anys enrere.

  És nit de Festa Major al poble i la Pilar, per primera vegada, hi ha anat sola, amb les amigues. Mentre la Mercè, la més atrevida de totes, s’acosta a la barra i, amb desimboltura, demana tres copes de cava, la Pilar i la Maria l’observen atentament des d’uns metres més enllà, intentant passar inadvertides, però sense poder dissimular l’emoció. Aleshores, la Pilar veu com un jove alt i ben plantat s’acosta cap a on són i, amb seguretat, allarga la mà cap a ella alhora que li deixa anar: Balles? La Pilar mira la Maria, a qui se li escapa el riure per sota el nas, mentre li fa que sí amb el cap. La Pilar es gira cap al desconegut i, sense dir res, li agafa la mà. I això és el que més recorda d’aquella primera nit, el pessigolleig de notar la mà d’ell aferrada a la seva. Quina pau i quin goig, aquella mà. 


  La ment avança uns quants anys, al dia en què en Manel li va col·locar l’anell al dit anul·lar i ella va fer el mateix i, agafats ben fort de les mans, amb els ulls clavats l’un en els de l’altre, es van prometre amor etern, en el bé i en el mal, en la riquesa i en la pobresa, en la salut i en la malaltia, per estimar-se i cuidar-se fins que la mort els separés. I així ha estat, i així està sent. 

  Després rememora tantes i tantes nits de passió, a la llum tènue de l’habitació, en un mar de plomes... Reviu com aquella mateixa mà, ara arrugada i inert, recorria el seu cos nu i la feia morir d’amor i de plaer. Pell amb pell, poques coses l’han fet sentir tan afortunada a la vida.
 

  Allò la fa volar fins a l’altra font de felicitat, una font compartida amb ell, els nens. Visualitza el seu marit fent moneries a una Carla i un Pep petitons. Taaaaat, taaaaat...es tapava i destapava la cara amb aquelles mateixes manasses i després els omplia les panxetes de pessigolles. Llavors la casa s’emplenava de rialles infantils, d’aquelles que calmen l’ànima i t’insuflen esperança.

  Ai, aquelles mans, si pogués immortalitzar-les, ho faria. En faria una escultura i la col·locaria en una estanteria de casa, ben visible i envoltada dels llibres de poemes. Poemes parits per ell, per aquell cap, aquell cor i aquelles mans. En construiria un altar, per recordar-les i lloar-les cada nit i cada matí. 

  Finalment, evoca temps més propers. Les tardes tranquil·les a casa, tots dos asseguts al sofà. Fent el cafè, llegint el diari o mirant les notícies de la nit. De tant en tant, una carícia, una estreta de mans, un petó al dors... tantes i tantes formes de dir-se t’estimo. 

  La Pilar aixeca els ulls vidriosos i, mentre observa el seu home allà tombat, adormit, una llàgrima treu el cap pel lacrimal i, a poc a poc, li recorre la galta en vertical, fins a arribar a la comissura del llavi. Obre una mica la boca i deixa que se li escoli a l’interior. En nota el gust salat, l’assaboreix. No s’eixuga la cara, sinó que, a poc a poc, l’apropa fins a la mà del Manel, perquè sigui aquesta qui li eixugui. Li fa un petó al palmell i hi recolza la barbeta i, així, en aquella posició ridícula i incòmoda, somriu, feliç d’haver coincidit amb ell en aquest món i orgullosa de tot el que, plegats, han viscut. Una vida teixida de moments en els quals les mans, aquelles mans, han estat protagonistes. 



Huérfano de hijo


Por Carles Foradada (alumno de novela avanzado LFDH)


Un día de un rojo calcinante regresé, como las cigüeñas, siguiendo el rumbo de algo parecido al instinto. O a la fatalidad. Cuando lo volví a ver, desolado, me di cuenta de que el paso del tiempo es la peor de las derrotas. Escapando a través del vetusto sombrero de paja, la vida huía, desertaba, escurriéndose entre los desgarrones de la rafia socarrada tras años de destripar terrones y agostar barbechos; años baldíos, como cuentas de alquitrán de un rosario engarzado, tan solo, para evocar los misterios de dolor.
 
 En aquellos leves ojos grises gastados, cuya chispa mortecina ya no era más que el temblor de una pavesa titilando entre la ceniza, y en las grietas que cuarteaban su rostro, en el temblor de sus dedos sarmentosos, en el desorden de unas cejas embarulladas y, también, en la saliva calcinada incrustada en sus labios, descollaban, como cicatrices, las huellas del dolor que le causó mi ausencia.
 
 Fui, soy y seré un cobarde. No tuve el valor de acercarme y abrazarlo, ni me atreví a  suplicar un perdón inmerecido. Qué absurdos, y qué derroche, todos esos besos que no se dan.
 
 Me tapé las orejas y cerré, con fuerza, los ojos. Ni siquiera fui capaz de arriesgarme a escuchar sus gemidos suplicando, ni a ver cómo sus lágrimas desbordaban el cauce, tortuoso, de sus arrugas hendidas. Me fui por donde había venido, por ese sendero abrupto que no conduce a ningún lugar, a la nada; qué, si no eso, debe de ser la muerte al fin y al cabo.
 
 El crepúsculo vistió a la tierra del color cárdeno de la escarcha. Ya lejos, mucho más allá del horizonte de sus ojos cansados, tiritando, me giré para verlo por última vez. Borrosa, la imagen del desamparo, se me clavó en la retina, como un costurón, para siempre.
 
 Mi padre, enjuto, retorcido, escorado como una cruz, digno como un olivo, seguía repartiendo estacazos con la azada en las oscuras entrañas de un terreno yermo y agrietado… Allí quedó, en su calvario: vivo, solo, luchando.
 


Hace cuánto que estoy aquí


Por Andrés Bruni (alumno del curso de poesía LFDH)


¿Hace cuánto que estoy aquí?
He extraviado los días y los años.

Carrusel vacío del ayer.
Vago sin ancla y sin lecho.
Mi corazón lejano
sólo tiene un par de latidos.
Subo y bajo escaleras absurdas.

Nada puede aplacar la sed,
hija del miedo y del delirio.

Vivo en el páramo,
con ciegos moribundos.
Bajo el mismo cielo
maldecimos anhelantes,
arañando el aire.

Un pájaro me avisa:
“es la estación de los cambios”.

Mi cara se despoja de mis gestos,
mi cuerpo reniega de mi piel,
ya no quiero mi nombre,
ni mi estampa,
ni esa vida en fuga.



Ojos trémulos
que se miran en el agua.

No hay señales en la vía,
ni estrellas, ni horizontes.
He perdido el reloj
y también el juicio.
Que alguien se apiade de mí.

Pero el sol me obliga a jurar.
Ha llegado la hora.

Se acercan los espectros,
los asesinos cotidianos,
las almas hambrientas
que quieren volver a casa,
a la nada, a lo mísero.

Descreídos me miran.
Oscuros carceleros.

La sorpresa devasta sus caras,
sus angelicales rutinas.
Aquí estoy,
con la antorcha en la mano...
Quemando mis naves.

Soledad 

por Ana Quibus, alumna de Novela

Quizá fuera la primera luz del día lo que provocase el lento movimiento de los párpados de Tania. Quizá fuese aquel silencio extraño. Los dedos de la mano derecha se abrieron para peinar la oscura melena, mientras los rayos del sol parecían insistir en que aquellos grandes ojos se abrieran.  La mano izquierda tanteó si él estaba allí, pero no parecía. Volvía a estar sola, bueno, no del todo.

 

Mientras abría los ojos pensó en por qué había dejado de escuchar la ducha de las mañanas, de sentir la humedad del beso de buenos días, de oler el primer café sobre su mesita de noche.  Sí, las cosas habían cambiado, se trataba de mantener el silencio, aquel silencio del que no disfrutaba por las noches, aquel silencio que se había asentado por las mañanas.

 

Se levantó y colocó los pies en el suelo y la solidez de la madera de haya la devolvió a la realidad. Caminó despacio mientras los dedos rozaban poco a poco cada una de las camisas de caballero que colgaban del vestidor. Se detuvo en una de color blanco y pechera de esmoquin y recordó aquel día en que sus vidas se unieron.  Al fondo, unas palmeras hawaianas la saludaron y rememoró el olor a sal de un viaje maravilloso. La azul clara la llevó a aquel portal donde un beso le fue robado.

 

En el centro del vestidor la ropa del día anterior estaba doblada sobre la banqueta de terciopelo. La acercó hacia la pecosa nariz. Respiró profundo y sintió cada parte de su cuerpo. Dejó la ropa y se miró en el espejo. La sonrisa pareció torcerse. Quizás el armario de espejo no le mostrara la imagen que ella quería. Pero todo quedaba reflejado ahí, en la opacidad de la melena, en la oscuridad de debajo de los ojos, en las manchas de la lactancia sobre el delicado camisón de organza, en el abultado vientre, en el descascarillado esmalte de las uñas de los pies. 

 

El llanto de un bebé y Tania regresó al dormitorio. Cogió al pequeño del moisés y lo acercó a su piel. Miró su móvil al mismo tiempo que la habitación se oscurecía. Acaso, habría tormenta. Cerró los ojos y suspiró. Se rompió el silencio pero no la soledad.

 

AMANTES

©Yolanda Duque Vidal, alumna de Narrativa


La noche es larga para insomnes y muy corta para los amantes. Los sonidos de
una tormenta graban de pleno la tortura. Sus tripas se enredan en las trenzas de la
noche.

La oscuridad da paso a la lujuria. Se relajan dos extraños haciendo cosas extrañas
en una ciudad ruidosa que arropa sus miserias.

La mujer, con ojos pasmados, ve como su amante sale sin decir adiós. Se lo traga
la noche y ella, abrumada y despechada se lanza al abismo.

El flagelo del abandono le saca brillo a la locura.

Todo se acomoda

por Malusa Gómez, alumna de Cuento y Relato


 Como todo y como siempre, las cosas se fueron acomodando poco a poco. La Universidad era totalmente diferente al colegio, una iba mucho más a su aire, no había la necesidad de hacer todo juntos, es más, ni siquiera teníamos las mismas responsabilidades ni las mismas tareas. 

 Yo estudiaba Biología Marina, fui la única de mi generación que eligió esa carrera. Así que, excepto por las materias de tronco común, no coincidía con casi ninguno de los de la bolita. 

 Nunca fui despampanante, pero siempre tuve lo mío y, sobre todo, siempre tuve actitud y personalidad. Tanto, que Carmen, mi amiga, me decía con un poco de rabia: “Tú ni eres tan guapa, pero como te crees tanto, nos convences a todos que sí lo eres”. Hoy me da risa cuando lo pienso, pero en su momento me ofendía bastante.

 Fue en la Universidad donde conocí a Fernando, hoy mi marido, y fue gracias a que ninguno de los miembros de la bolita estudiara lo que yo, algo que me obligó a buscar nuevos amigos y nuevos planes y, quién me lo diría, hasta un marido. Fernando no era el más guapo del grupo, pero sí el más listo. Cada vez que intervenía en clase, nos dejaba a todos pensando y con esa sensación de haber leído un capitulo diferente, pues por más que lo habíamos revisado, ninguno llegaba a entenderlo tan bien como él. Creo que eso fue lo que me hizo quererle. Ser la novia del más listo da mucho estatus, me imagino lo que están pensando, ya está esta como siempre, con el ego por delante.

 

* * *


 Cuando recuerdo lo mucho que me molestó el primer día la presencia de la nueva, hasta me da vergüenza. Nunca quise reconocerlo frente a mis amigos, fingía que me caía bien y que me encantaba que fuera nuestra amiga. Con la única que lo hablé fue con Rocío, en la intimidad que nos daba su coche.

 De vuelta a casa, no pude más y comenté con Rocío lo mal que me había caído la morenaza despampanante, tuve miedo de exponerme ante ella, pero no podía más y necesitaba saber si Rocío había sentido lo mismo.

—¿Viste a la nueva?  —le pregunté.

—Claro, ¿quién no la vio?, fue el tema de toda la Universidad —respondió, dejando claro que compartía mis sentimientos.

—No sé qué le ven, es exótica, pero le falta estilo —dije sin disimular mi envidia.

 Las dos nos reímos a carcajadas, sabíamos que estaba mintiendo, pero mi mentira nos hacía sentir bien.

 

* * *

 

 Ahora que ha pasado tanto tiempo, veo desde fuera mi paso por la Universidad y mis angustias, y me doy risa. Qué cantidad de cosas tontas nos agobian, cuánta energía desperdiciamos en temas que luego la vida nos demuestra que no eran tan importantes. Pero como todo, si no las vives no las aprendes.

Y ahora que lo pienso: ¿Qué habrá sido de la morenaza despampanante?

LA DAMA DE LAS PANTUFLAS ROSADAS

 ©Yolanda Duque Vidal, alumna de Narrativa

En la penumbra de la noche, fantasmas visitan los callejones de una ciudad que se asfixia en basuras, escombros de todo tipo, donde danzan ratas, cucarachas, y una nube de olores nauseabundos penetra en los huesos de las casas. Perros callejeros hurgan en los contenedores de basura, toda esa podredumbre que rodea el barrio de inmigrantes y sus vidas de personas de “tercera categoría”. Oxidados lamentos de portones de hierro sacuden el sueño, y logran espantar a cleptómanos que siempre merodean por las callejuelas detrás de los edificios.

Esa noche, por una extraña razón, los perros se mantienen alertas, unos aúllan, otros ladran desesperadamente. Fiorella, en bata rosada y pantuflas del mismo color se asoma a su balcón y mira hacia todos lados de la callejuela. No es mucho lo que puede ver, el alumbrado público es demasiado tenue. Se ajusta el pañuelo en su cabeza y entra cerrando la puerta, con un rezongo en su adormecida voz. 

Unos pasos ligeros despiertan la curiosidad de los canes, que comienzan a ladrar con insistencia, otros lanzan aullidos que hieden presagios. Alguien corre en medio de los ruidos, que luego desaparecen en la oscuridad. 

Fiorella, vestida con su bata y pantuflas rosadas vuelve a salir al balcón. Está devastada, trata de ver algo, no puede ver, a pesar que sus ojos están detrás de unos gruesos cristales. Los pasos, las carreras y ruidos han cesado. Fiorella entra de nuevo, cierra la puerta de su balcón con doble cerradura. Un extraño escalofrío hace estremecer su cuerpo, a pesar que es verano y no es posible sentir frío en esta época del año. En el callejón, se repiten varias veces los pasos, las carreras y los exacerbados gruñidos de los perros.

Fiorella trata de conciliar el sueño, pero se da vueltas y vueltas en su cama sin lograrlo. Un sentimiento de desolación la invade esa noche. Un par de horas más tarde, y cuando la mujer entraba en un profundo letargo, escucha un golpe seco, y se despierta sobresaltada. Enciende la lámpara de su mesita de noche, mira la hora, son las 4:00 de la mañana exactamente, contempla la fotografía donde están sus dos hijos vestidos de uniforme militar (ambos muertos a causa de la guerra en Vietnam), de pronto le parece que sonríen, se frota los ojos y vuelve a mirar la fotografía una y otra vez. Esa noche, ella ve en sus sonrisas algo diferente. Algo..., que no logra interpretar. Toma la fotografía en sus manos, la aprieta contra su pecho, la mira de nuevo y recuerda la última vez que los vio salir de casa rumbo a la guerra de Vietnam. Luigi, el más joven le prometió volver pronto. Jean Carlo, el mayor, fue siempre más fatalista o “realista”, como solía autodenominarse. Le dijo a su madre: “si no vuelvo, es que gané la batalla mamá, y te sentirás orgullosa de mi, porque un hijo tuyo ha dado la vida por el país que te acogió, cuando tú y papá salieron escapando de la guerra en Europa”. La madre sintió, como si un objeto punzante le atravesara el corazón. Sus hijos habían aprendido desde muy pequeños que dar la vida por “su América”, era lo más glorioso que le podía suceder a un ciudadano nacido en ese lugar. Un suelo que ella nunca pudo amar y donde sólo fue tratada como limpiadora de trastos, desvalorizada y humillada. Una sociedad donde jamás fue reconocida su educación y cultura adquirida en su añorada Italia, pero de cualquier modo, sus hijos habían nacido y crecido en ese territorio y no podía inculcarles ningún rencor hacia esa “pródiga tierra americana”.

El golpe más doloroso de su existencia, fue siete meses después de haber partido sus hijos a la guerra, cuando le enviaron los restos de Luigi, con una bandera americana y una medalla. Dos meses más tarde, regresó Jean Carlo con su pierna izquierda amputada y la derecha afectada por una infección incurable. Durante tres meses Fiorella viajaba diariamente al hospital para visitar a su hijo, que cada vez se ponía más grave, porque además, era víctima de una avanzada Diabetes, ésta le impedía la curación de su pierna y la infección comenzaba a expeler un hedor a carne descompuesta. Una semana después le fue amputada la pierna derecha y Fiorella se quedaba en el hospital para consolar a su hijo, que había caído en una profunda depresión. Semanas después Jean Carlo falleció de un infarto mientras su madre le daba de comer. 

Inconsolable, Fiorella estuvo mucho tiempo encerrada en su casa, con la única esperanza de morir y reunirse con sus seres amados. Cuando había escapado de la guerra con su esposo, pasaron por muchas privaciones y trabajaron en los oficios más duros. Él haciendo trabajos de plomería y ella de sirvienta. Su esposo falleció en un accidente de tránsito cuando sus hijos eran adolescentes. Fiorella nunca volvió a aceptar a nadie, a pesar que muchos pretendientes la rodearon siempre por ser una mujer fuerte, con espíritu de lucha y muy atractiva. Tuvo que trabajar el doble para educar a sus hijos y pagarles la Universidad. Luigi siempre quiso ser militar, aunque su madre trató de persuadirlo que no era una buena carrera para él, sin embargo no tuvo éxito para hacer razonar a su hijo, y debió hacer grandes esfuerzos y resistir muchas carencias para pagarle la Academia. En Cambio Jean Carlo comenzó a trabajar a los 18 años y se costeaba solo sus estudios, lo que aliviaba de gran manera a Fiorella, ya que veía en él, al protector de la familia. A su muerte, otra bandera y otra medalla recibió a cambio de la vida de su hijo. Le pareció vergonzosa la actitud del gobierno de los Estados Unidos de Norteamérica. Nunca le perdonaría haberle arrebatado a sus dos únicos tesoros, enviándolos a una guerra estéril, como lo fue aquella de Vietnam.

Un tiempo después, que no supo precisar; era una mañana llena de sol, Fiorella amaneció cantando, abrió las ventanas de su casa, se dio cuenta que era primavera y se puso a limpiar mientras escuchaba y tarareaba tradicionales canciones de su entrañable Nápoles. Después de haber caído al abismo del desaliento, era como volver a la vida nuevamente, Entonces, comenzó a bordar un cubrecamas, al puro estilo de su nona materna. Mientras bordaba sentada en el balcón de su casa, se escuchaba su voz en un armonioso murmullo con notas perfectas. Otras tardes, la invadían los recuerdos de su esposo y sus hijos, y su mirada se perdía en el Tramonto.

Parecía que había pasado mucho tiempo, sin embargo solo era un mes y medio transcurrido entre la muerte de Jean Carlo, el fin del cubrecamas bordado con tanto esmero, y esa extraña noche en que ha visto que sus hijos le sonríen de una manera diferente, desde la fotografía que tiene en su velador. 

De pronto, un rumor de lluvia comenzó a golpear el techo de la casa, monótono, melancólico y fatal. Fiorella sintió un diluvio que rodaba al unísono desde sus ojos lasos. La nostalgia por sus amados hijos, la lluvia, ese viento tropical que se ensañaba contra el ventanal que daba al balcón, todo le daba vueltas en su cabeza como un flagelante torbellino.

Los perros comenzaron de nuevo con su coro de aullidos, Fiorella se levanta y camina hacia el balcón, abre la puerta y sale. Se vislumbra levemente el amanecer, sin embargo aun no puede ver claro, la lluvia golpea su rostro. Intrigada, se asoma, estira su cuello tratando de descubrir qué sucede esa noche en el callejón. De pronto, ve un bulto muy cerca de la puerta de su casa. Se estira más para tratar de identificarlo y advierte que es un cuerpo que yace inmóvil. Se siente levemente suspendida en el aire y en el tiempo. Le parece ver que se trata de una mujer. Una mujer que viste una bata rosada y pantuflas... también rosadas..., y aprieta contra su pecho una fotografía de dos jóvenes, vestidos con uniforme militar.

 

F I N


CERCANT L' AMOR, per Mercè Carrió i Fornells

(El meu petit homenatge a la meva tia Sabina Fornell)

No busquis tan amunt, amiga meva

aquell amor fidel que vols trobar

segur que és a prop teu amb un penar

però cada amor dolç busca la seva.


Dóna el teu cor sofrent alguna treva

no miris cel amunt, has de mirar

al cor dels teus amics, per retrobar 

aquells valors morals que el temps eleva.


Si un rostre fort i bru el cor et bressa

i un fi cabell com l'or et fa penar

pensa que tot se'n va sense fer fressa.


Quan miris aquell front que vols besar

sols pensa en el seu cor sense disfressa.

Això serà l'amor per estimar.

La poesía es racional

 por Mar Pérez Molero, alumna de Novela


Poeta, desertora de aforismos, Mujer, No viral, amateur, sin padrinos, racional ¿Puede haber más ingredientes para caer en saco roto? Aún así escribo como acto de rebeldía, contra quienes creen que el arte nace del corazón, como si el pobre órgano no tuviera suficiente con bombear sangre por todo el cuerpo. La escritura se aprende, se practica y se perfecciona. 

Estoy cansada de escuchar que la poesía fluye gracias a la inspiración (por supuesto sacada de un rinconcito de nuestro cerebro) y de la mano de los sentimientos. En cierta medida es verdad, pero no olvidemos que las emociones se originan en nuestra cabeza. Es precisamente ahí donde jugamos al racional irracionalismo de crear. En mi caso por ejemplo, me encuentro en una novela en la que el protagonista me ha lanzado a las fauces de la poesía. Esto me ha llevado a replantearme de dónde emana ese eterno "podrá no haber poetas pero siempre habrá poesía" y estoy convencida de que se refiere al propio pensamiento per se y no a la belleza porque sí, que nos han intentado meter con calzador.

La poesía no crece de la nada, son las emociones, sentimientos o como prefiráis llamarlos con una alta dosis de maicena elaborada en el sistema límbico. Hay quienes lo tienen ultra desarrollado y muestra de ello son las grandes obras de la literatura que activan la parte más profunda de nuestro cerebro, conectando incluso los famosos cinco sentidos, o por lo menos alguno de ellos.

La poesía se siente, pero antes de ello, se piensa, así que reivindicó no sólo la pasión que nos han regalado a lo largo de la historia las obras con las que nos forjamos, sino el ingenio y sobre todo la inteligencia (casi siempre muy trabajada). En mitad de esta especie de alegato quiero que reflexionéis sobre lo maravillosamente racional que es la escritura, tanto que nos acelera el corazón y nos hace creer que todo surge de ahí, de lo más profundo de nuestras entrañas.

También pretendo que leáis tanto que queráis escribir y cuando estéis haciéndolo que aprendáis sobre ello hasta que queráis reaprender de cada palabra. Os dejo un poema que escribí pensando en el acto de escribir. Soy consciente de que es mediocre, aunque a mucha honra porque con ello seguiré aprendiendo. 

Me ahogo mar adentro
y olvido que fui marinero
en busca de tu tierra.

 Fui argonauta entre tus olas,
 pájaro sin bandada
 y ancla rota.

Me ahogo y no resurgiré en la arena
en un día de vasos medio llenos. 

Fui leyenda antes ser historia, 
movimiento en bucle
entre teclas llenas de polvo.

Tal vez me ahogué antes de ser,
antes de la corteza,
antes del principio.

Tal vez fui,
y el recuerdo es lluvia
en tu ventana sin reflejos. 


Me ahogo con los pies hundidos en la orilla,
los ojos clavados en nubes de algodón de azúcar
y las manos llenas de tinta de calamar.